De eso trata el cuento. Se llama “Roberto y Luis”, fue finalista en el Certamen de Relato Breve Blas de Otero y se publicó en España en este libro con los otros ganadores y finalistas. Se puede acceder al libro contactando al Centro Cultural Blas de Otero desde su sitio web.
Blog
El futuro de Chile

Ese era el desafío, pensar cómo será Chile en unos años más. Mi cuento se llama “El día más feliz” y quedó finalista en el Concurso Bicentenario de Cuento y Poesía 2009. El cuento está en la página 35 del Libro “Semillas para la memoria” acompañado por la ilustración que está más arriba, que fue realizada especialmente para esta publicación por el dibujante Guillo, un honor para mí.
Mandela
Publicado en Km Cero.
El hombre aparte
11 de febrero es la fecha en la que Nelson Mandela pasó a ser más que un ser humano y se convirtió en el símbolo de la libertad y la lucha contra la discriminación racial en Sudáfrica, tras ser liberado de la cárcel después de 27 años.
A Nelson Mandela le cuesta caminar. El 18 de Julio de 2009 cumplió 90 años. Habla poco, sonríe y sus reacciones son lentas. ¿Cómo es posible? Eso no le pasa a los símbolos. ¿Cuándo se ha visto que un emblema muestre señales de deterioro o de puro cansancio biológico por el paso (y el peso) de los años? Hace dos décadas, el 11 de febrero de 1990, el líder sudafricano se convirtió en un ícono. Su nombre pasó a ser sinónimo de paz, de unidad y de libertad, pero también dejó atrás a un hombre.
Ese día del segundo mes del año, después de cerca de 10.000 adentro de una celda, fue un momento clave en la memoria colectiva de Sudáfrica y del mundo. Hasta hoy, los sudafricanos se acuerdan exactamente qué estaban haciendo cuando vieron a Mandela alzar uno de sus puños tomado de la mano de su segunda esposa, Winnie Madikizela, mientras salía después de 26 años de encierro, para luego convertirse en Presidente de su país.
En la Fundación que lleva su nombre, para conmemorar la fecha, se acumulan los testimonios de quienes trabajan ahí. La gran mayoría lo vio por la tele, algunos usaron poleras con un Free Mandela estampado; no faltaron los que salieron a festejar, los más jóvenes recuerdan el entusiasmo de sus padres, hay quienes estaban en su sala de clases, otros en la oficina. Todos atentos a la misma imagen.
Los homenajes, películas, reportajes, libros y toda clase de productos culturales, acercan a Nelson Mandela al resto de los seres humanos, pero a su vez crean una coraza en la que se pierde un hombre tan normal como cualquier otro, pero con una vida extraordinaria o más bien con muchas vidas condensadas en una sola. ¿De qué sirve un referente que es imposible imitar? Una de las citas más reproducidas de su tercera esposa, Graça Machel, es: “Quiero al ser humano. Es un símbolo, no un santo”.
Mandela de carne y hueso
Es un hecho, Mandela es sus ideas y sus discursos. Es el primer presidente de piel negra en Sudáfrica que llegó al poder en 1994 con un país dividido en guerras civiles y que hizo de la palabra apartheid un termino que sólo quedó para la historia. Es la foto que aparece en los afiches, es la sonrisa a la cámara, es la figura de camisa holgada con motivos africanos que se baja de un avión de una de las tantas giras diplomáticas que realizó para que su nación se insertara en el esquema mundial, es el que abraza niños, es el Premio Nobel de la Paz (1993) que terminó con la segregación racial en su país y es el que se toma las cosas con calma.
Pero Mandela también es Rolihlahla, ese niño que fue al colegio y que fue rebautizado con el nombre inglés Nelson, elegido por su profesora. Es el que estudió arte y después leyes. El que fue discriminado por el Partido Nacional Sudafricano y su política racial. El que luchó contra la segregación como un defensor de la paz, pero también es el que dudó: el que un día decidió que la única manera de que en Sudáfrica los negros tuvieran las mismas posibilidades que los blancos era a través de las armas. Esa duda es la que le costó ser encarcelado el 12 de junio de 1964 hasta el 11 de febrero de 1990.
Mandela es Madiba, el hombre de su clan que se casó tres veces, el que perdió a dos de sus seis hijos y es también el recluso 466/64 que recitó una y otra vez en prisión los versos del poema Invictus de William Ernest Henley: “Soy el amo de mi destino/soy el capitán de mi alma”. Ahora, Mandela es el que necesita apoyo para caminar, después de que un país se apoyó en él.
Mandela pop
El año 2004, Nelson Mandela decidió dejar la vida pública, haciendo cada vez menos frecuentes sus apariciones en los medios de comunicación. Aún así se ha mantenido presente gracias a sus fundaciones y a las creaciones inspiradas en él.
Hoy en cartelera está Invictus, película dirigida por Clint Eastwood, en la que Morgan Freeman interpreta al presidente sudafricano cuando utilizó el mundial de rugby de 1995 para unir a la población de su país. A su vez, la cinta está basada en libro de no ficción titulado El factor humano, del periodista inglés John Carlin.
Para conocer las obras basadas en Mandela, lo mejor es visitar el sitio de la Nelson Mandela Foundation, quienes mantienen activo un catálogo donde incluso hay cómics inspirados en él. En esta página además se pueden conocer todos los detalles de su biografía, ver sus últimas actividades, como su íntima conmemoración de estos 20 años de libertad, y estar al tanto de las actividades que se están organizando durante el año, como la visita anual de un intelectual destacado, que en 2010 será el escritor chileno Ariel Dorfman. Para esta fecha la Fundación creó especialmente la web 20 Years of Freedom. También otros canales de información sobre Mandela que permiten conocer su obra, son la página de su Fundación que lucha contra el VIH, 46664, y la de Nelson Mandela Children’s Fund que apoya a niños en riesgo social. Y como Chile no podía faltar, tanto Illapu como Quilapayún le han dedicado canciones a este hombre-ícono.
Fotografías de Yann Tiersen
En Km Cero cubrimos el concierto del francés Yann Tiersen en Chile, conocido por su trabajo como compositor de la banda sonora de Amelié. Esa noche en el Teatro Nescafé de las Artes, demostró que merece un reconocimiento que va más allá de ese trabajo en particular. En esta ocasión fui como fotógrafo. Para ver más grande: click sobre la imagen.
Atacama Desierto Vivo
El libro Atacama Desierto Vivo para ProChile Atacama, es producto de un intenso trabajo que implicó recorrer completa la región de Atacama, estuve cargo del reporteo, producción, escritura y traducción, y trabajé con un equipo conformado por el Editor Patricio Corvalán, el Fotógrafo Jorge Marín y la Diseñadora Marcerla Veas.
Acá los links a dos notas con más detalles sobre esta publicación:
– “Lanzan libro en tres idiomas dedicado a la región de Atacama”. (Emol).
Entrevista a Carlos Villalón
Entrevista que le hice a Carlos Villalón, el chileno ganador del segundo lugar de World Press Photo. Publicada en Km Cero.
Carlos Villalón: Un fotógrafo sin rollos
El chileno ganador del segundo lugar en la edición 2010 del World Press Photo, que ha publicado su trabajo en medios de prestigio mundial como National Geographic, sin químicos ni cuarto oscuro, revela lo que le hace click de Chile, la fotografía, el narcotráfico y su reciente premio.
Está parado en la mitad de la calle, al frente tiene filas de autos. El semáforo está en rojo. Su dedo se mueve rápido y suave varias veces sobre el obturador de la cámara de fotos. Luz verde y el sonido del motor es la indicación para correr a la vereda. Ha estado leyendo a Rimbaud, las canciones de Bob Dylan se le aparecen en los oídos y lo persigue la imagen del soldado cayendo de espaldas que hizo legendario al fotógrafo Robert Capa. La vio en una clase y se quedó en su disco duro. Él no quiere ser fotógrafo, pero sí saca fotos. Tiene que hacerlo, es una obligación. Entró a estudiar diseño gráfico, y en primer año ya pasó por su primer curso de fotografía, era en blanco y negro; ahora en segundo le toca registrar el mundo en colores. Estaba haciendo una revista con unos amigos y como contaba con el dinero suficiente y no tenían diseñador, consideró que lo mejor era estudiar para hacerse cargo. “Ya después de ese último año de escuela, dije jamás me voy a dedicar al diseño gráfico publicitario, voy a ser fotógrafo. Estamos hablando del año ‘90 y me salió un viaje a Nueva York”, cuenta Carlos Villalón, 44 años, el fotógrafo chileno premiado con el segundo lugar del World Press Photo 2010, en la categoría Noticias Generales.
Ya ha pasado bastante tiempo desde ese viaje en que por dos años se dedicó a trabajar en lo que fuera: sirviendo pan y agua en restoranes o como guía turístico, para reunir dinero y seguir acumulando viajes, en los que aumentó su disparejo currículum con actividades como pescadero en Alaska. Pero, algo se mantuvo inamovible: las fotos. Salía a caminar y sacaba fotos todos los días con su cámara Canon, montó un laboratorio de revelado en su departamento e hizo contactos con agencias periodísticas. De ahí, no paró más, viajar y fotografiar se volvieron sinónimos.
Aunque Villalón nació en Chile, su acento está bastante más cercano al de los colombianos, país donde reside hace nueve años, aunque a ratos se le escapan varios garabatos chilenos que usa para cerrar las frases, tanto como la palabra “viejo”. Con el pelo liso amarrado en una cola de caballo que no llega más allá del cuello de su camisa negra, tiene los minutos contados para conversar. Este país que encontró post terremoto, lo pilló también con un remezón personal, su papá está grave y hospitalizado: “Ya se está recuperando y quiere volver luego a la casa”, dice frente a su segundo café doble sin leche.
—¿Cuál es tu relación con Chile y tu noción de la patria?
—Nunca he tenido eso de la patria, lo del chauvinismo. Cuando tenía 15 años quería irme, porque había una dictadura, odiaba a los pacos y a los milicos. No creo en la canción nacional, ni que la bandera sea la segunda más linda de la vida. Aquí vive mi familia, amo a mi familia y a algunos amigos que tengo acá, y para mí eso es mi patria. Si me preguntan dónde viviría entre Santiago, Bogotá o Nueva York, diría Bogotá y después Nueva York. Chile es un país espectacular, porque aquí está la gente que más quiero.
—¿Qué tiene Colombia que te atrae tanto?
—La coca.
Luego de la respuesta, su risa se escucha fuerte. Desde que vive en Bogotá, la cocaína es su tema. En sus fotos la denuncia y conoce en detalle todas sus aristas: su producción, el comercio, los consumidores y a quienes terminan asesinados por ella. Fue precisamente, tras un tiroteo de narcotraficantes que captó la imagen con el cadáver del adolescente que le valió estar entre lo más selecto del fotoperiodismo mundial.
—¿Cuándo te encuentras con la coca?
—El año 2000 llegué a un pueblo escondido en el sur de Colombia, en el que vi que los campesinos usaban la coca como su propia moneda. Vivían aparte del estado colombiano que nunca les hizo un puente para conectarse con el resto del país. Ahí descubrí que no sólo es una droga, también es una religión y una arquitectura, pero que todo viene de una planta. Hay al menos tres santos de la droga, Jesús Malverde y la Santa Muerte en México y la Vírgen de los Sicarios en Colombia. Cuando los narcos se hacen millonarios, como tienen muy baja educación y una enorme cantidad de plata, construyen casas que son un homenaje al kitsch: ésa es la narcoarquitectura; y tienen minas que se operan para conquistarlos y se visten extravagantes. Entonces, es mucho más interesante que una planta que se convierte en un polvo blanco.
—Es más una adicción al dinero que a la droga.
—Exacto, los narcos no creo que anden aspirando cocaína, para ellos es un negocio, los que pierden son los que se la meten por la nariz. Yo cuando vi cómo se hace la cocaína, me pareció increíble que la gente no sepa y le guste. La hacen con cemento, con gasolina, con ácido sulfúrico o de batería de auto. Es como si agarraras un saco de cemento, y te lo comieras a cucharadas como Milo.
—También entrega un estatus social.
—En Wall Street, está la cultura de la cocaína como en la película American Psycho. Y bien, métete una línea, yo no tengo problemas con eso, no es una cosa moral, es que hay personas que mueren. 1.500 en Juárez el año pasado.
Cámara en mano
Villalón tiene a su lado una mochila, adentro está la cámara análoga que anda trayendo por estos días. Le gusta el proceso de revelado y al principio no tuvo una grata relación con la fotografía digital porque no conseguía las imágenes que quería. Ahora ya están reconciliados y alterna entre un estilo y otro.
—¿Siempre andas con la cámara?
— Mis amigos me dicen: “ Cómo andai’ con una cámara por la vida”. Les contesto: “Cómo te explico, si pasa algo y tengo que fotografiar, y no tengo la cámara, no voy a tomar un taxi y le voy a decir al momento que espere”. Si soy fotógrafo y ando buscando historias y no tengo una cámara, mejor me convierto en escritor. El otro día fui a una exposición y después a una fiesta y me decían: “Qué snob, está en la fiesta y tiene la cámara al hombro”. Viejo, piensen lo que quieran, no me interesa la opinión de los demás. Tengo una cámara porque soy fotógrafo, antes salía a comprar a la esquina con la cámara en Nueva York.
—¿Qué rol ocupa la cámara entre la gente y tú? ¿Es un filtro?
—No, no creo. Cuando saco fotos la cámara es lo mismo que yo. Es un objeto en las manos que sirve para captar un momento, pero jamás la ocuparía como filtro, no quiero un distanciamiento entre la gente y yo. Me gusta estar ahí con ellos, siempre muy, muy cerca.
—¿Cómo consigues ese acceso?
— La gente que uno considera como criminales, yo creo que de alguna manera piensan que están ahí por alguna razón. La mayoría de las veces su discurso es: “Yo era pobre, y la sociedad no me daba nada”. Uno llega donde estos tipos y les dice: “Mira yo tengo curiosidad, quiero saber por qué tú haces esto”, sin tener una opinión anticipada, sin juzgar. Hay muchos que me han dicho: “qué bueno que alguien se interese en mi vida, que sólo sale en los periódicos manchada de sangre”. También hay otros locos que son súper egocéntricos. Es como la maldad de Calígula y les gusta que les saques fotos. Hay que ser súper sincero, si no tengo interés no lo hago.
—¿Se ha perdido la curiosidad en el periodismo?
— No conozco mucho del periodismo chileno, miro los diarios y los encuentro súper malos. Las publicaciones dejan mucho de lado, no cubren lo que son las noticias. En TVN un día estuve pegado a la tele, viendo lo del terremoto y estuvieron cinco horas mostrando a la gente saqueando, pero no daban ningún contexto. Era como están robando, están robando, están robando. Tiene que haber mucho más. Sí, están robando, pero está pasando esto, esto y esto. No explican por qué están robando. Me parece súper malo para el periodismo y la mayoría del periodismo en el mundo es igual.
—Tú trabajas en situaciones de conflicto. ¿Cómo vives el proceso de plasmar tu creatividad y estética en eventos lamentables?
— No sé, no me pregunto mucho eso, cuando uno entra a esta profesión uno quiere ser fotógrafo de conflicto y hay una cosa de ego, pero tal vez ese ego te salve la vida. Es como quiero la aventura y la vida glamorosa de Robert Capa y tomar champaña con las chicas más bellas cuando vuelva a casa después de la guerra. Y conozco a muchos fotógrafos que son así, que son jóvenes y hablan de las armas y que les han disparado. Viene con el proceso de ser joven, si fuiste a una guerra donde estaban bombardeando y te salvaste y no eres tan maduro, te crees héroe. Yo ya no lo veo así, antes hace muchos años, si sabía de una guerra en tal parte, quería ir, no tenía claro a qué, pero quería ir a sacar fotos. Ya no quiero ir a una guerra a buscar la mejor foto y ser el campeón. Me interesa la gente que sufre. La foto del tipo con el fusil ya se hizo, me interesa ir a ver qué pasó con esa señora a la que le mataron el hijo, creo que esa es la parte que hay que cubrir ahora, el sufrimiento humano, la gente que está metida en esto sin querer estar metida.
—¿Y te afecta emocionalmente estar ahí?
— Igual te afecta de alguna manera. Te aseguro que mi vida no es como la de alguien que vive en la playa. Nunca me ha preocupado qué me afecta ni cuánto me afecta. He visto cosas que son increíblemente tenaces, duras y me quedo pensando y digo qué terrible, me estoy volviendo súper frío, y después no soy frio, estoy haciendo mi trabajo. No quiero preocuparme si tengo que ir a un sicólogo o si estoy loco, cuando esté viejo puedo escribir y buena onda. Decir estoy loco y me voy a volver alcohólico, es algo que la gente ocupa como cosa de ego. Estoy haciendo un trabajo no más y no me quiero preocupar de si estoy traumado o no.
—Entonces, ¿qué sientes cuando estás sacando fotos?
— Me siento espectacular, es lo que más me gusta hacer en la vida, puedo tener un problema gigantesco, pero si tengo una cámara todo se borra, me siento increíblemente relajado y agradecido de haber encontrado este oficio.
Una foto de diez
El periodista de CNN, Karl Penhaul, se estaba alojando en la casa de Carlos, mientras hacían reparaciones en su departamento. Antes habían trabajado juntos registrando el narcotráfico y Villalón le propuso que se fueran a Medellín, donde las muertes y la violencia se estaban convirtiendo en parte del ADN de la zona. Se hicieron amigos del Cuerpo Técnico de Investigaciones, que cumplen el rol de policía fiscal, quienes no les dieron apoyo oficial, pero les ofrecieron que si querían los podían seguir en su auto. Así estuvieron un día entero desde las 2 de la tarde hasta las 4 de la madrugada. En la noche, antes de que cercarán el lugar, Carlos vio tirado al protagonista de su foto. Era adolescente, estaba ensangrentado y en el borde de su calzoncillo se leía la frase Sex life: ése detalle lo hizo acercarse. Ahí tuvo la imagen ganadora del segundo lugar en World Press Photo.
Foto: Carlos Villalón.
—¿Cómo logras equilibrar contenido y forma en una foto como ésa, considerando la instantaneidad?
— Es costumbre, se aprende con el tiempo. Esa foto es producto de tres semanas de trabajo y no es la única, fui a lugares donde había mucha gente muerta, y hay muchas de esas. Esta la verdad es que ni siquiera la iba a mandar al concurso, en el último minuto la agregué a las diez fotos que envié, porque me di cuenta de que era cruda y extremadamente de prensa. Es una buena manera de cerrar la historia, es el fin del proceso de la coca, los cabros chicos no tienen plata, los contratan los carteles de la droga para que se maten entre ellos, y aquí está el resultado.
Hay una cosa que me pareció espectacular, que al chico se le ve el borde del calzoncillo y dice Sex life. Por eso me acerqué tanto, no para mostrar la crudeza de la sangre y eso. No me resultaba por la luz, se veía oscuro, pero me parecía espectacular que encima de este cuerpo masacrado dijera: “El sexo es vida”. Estaba buscando la foto y la encontré. Mientras la hacía, sabía que ningún periódico la iba a publicar, excepto a que viniera en un contexto, porque es demasiado cruda.
—¿Cuánto hay de morbo al acercarte a hechos así y exponerlos?
— No existe esa palabra en mi oficio, para nada, yo la muestro porque tiene una significancia increíble y no es la sangre, es un niño que podría estar en el colegio y lo mataron. Yo no tengo personalmente nada de morbo. He dicho jamás voy a cubrir accidentes de tránsito, o terremotos. No creo que tengan un contexto en periodismo. Tampoco veo morbo en que se publique la foto. Hay miles de personas que lo ven como morbo, pero ese es un problema de ellos y que ellos lo definan en sus mentes.
—¿Qué significa el premio del World Press Photo para ti?
— Ojalá que signifique que las historias en las que yo participo, tengan más salidas. Que se traduzca en eso, en que se puedan mirar más las historias.
— Con premios y todo, tu trabajo debe tener sus costos.
— Uno de los costos puede ser no tener una pareja estable, tengo 44 años, no tengo esposa y no tengo hijos, pero no lo veo en términos de costos. Es lo que elegí, no es una carrera que deje mucho dinero; sin embargo, como no tengo la esposa y los dos hijos, si quiero me tomo un avión y me voy a Afganistán mañana. No echo de menos tener un departamento en Nueva York, me lo podría haber comprado hace veinte años, prefiero recorrer el mundo completo y todavía me falta. No hubiera podido estar en Colombia nueve años, que es algo que me encanta. No sé si cuando tenga 70 años me sienta solo, pero hay que aceptar las decisiones que uno toma y todo bien, no pienso que he perdido, pienso que he ganado. No tengo rollos.
Todavía en laboratorio
Foto: Carlos Villalón.
Además de su trabajo vendiendo sus fotos a través de la agencia Redux Pictures a medios como el New York Times y National Geographic, Carlos Villalón, lleva años concentrado en dos proyectos, que espera terminar en 2010. El primero es un seguimiento al proceso de la cocaína, desde que es una planta y todas las etapas posteriores. Planea hacer un libro fotográfico y está en conversaciones con dos editoriales, una en Colombia y la otra en Nueva York. A esa iniciativa se suma una sobre los indígenas que viven en el Tapón del Darien (en la foto), una selva entre Colombia y Panamá, en la que durante décadas se ha combatido la construcción de la carretera Panamericana, para preservar el medioambiente y la cultura Tule.
Rock en primera persona
Patagonia
![]() |
| Fotos: Enrique Núñez Mussa. |
An adventure in the deepest Chilean Patagoni, to reach the imposing O’Higgins Glacier, that I wrote and photographed for Domingo the Travel Magazine of El Mercurio Newspaper. You can read the article directly at El Mercurio in this link. Here you will find a slide with more pictures.
Una aventura en lo más profundo de la Patagonia Chilena hasta llegar al imponente Glaciar O’Higgins que escribí y fotografié para Revista Domingo del Mercurio. Pueden leer el artículo directamente en El Mercurio acá. En este link encontrarán un slide con más fotos.
Villa O’Higgins
La nueva era del hielo
En la Patagonia chilena está uno de los cuatro glaciares más grandes de Sudamérica.
El hielo es poroso, lleno de cráteres y pequeñas puntas que se entierran suavemente en tus mejillas. El sabor del whisky va perdiendo intensidad mientras pasa por la garganta y el frío se va esfumando. Un pedazo del glaciar O’Higgins se derrite en tu boca y va a terminar directo en tu estómago. Eso, sin dudas, es la Patagonia profunda.
Sobre la cubierta de la Quetru, una embarcación para sesenta personas, al frente observas uno de los cuatro glaciares más grandes de Sudamérica y la entrada a los Campos de Hielo Sur.
A 500 metros de distancia, el glaciar parece una gran paleta de helado que podrías sujetar y comer durante horas. Pero para apreciar sus 754 kilómetros cuadrados de puro hielo blanco y celeste hemos pasado dos días de camino sentados en una camioneta.
La travesía comienza en el aeropuerto de Balmaceda. Sólo una camioneta con tracción adecuada será capaz de avanzar por el ripio de la Carretera Austral y no te abandonará en medio de la nada. En el aeropuerto lo saben bien y los cinco puestos de rent a car cuentan con vehículos preparados para correr sobre barro y nieve, si es necesario.
El objetivo es llegar a Villa O’Higgins, la localidad donde te hospedarás para poder alcanzar el glaciar. Como dice uno de los guías y empresario turístico, Alejandro Macaya: “allá el concepto es unplugged”. No hay más opción, dicen, y desde ya es mejor olvidarse de encender el celular y nunca preguntar por Wi-Fi: los gauchos no necesitan más que charqui y mate para ser felices.
La única “gran” ciudad entre Balmaceda y Villa O’Higgins es Cochrane, que se anuncia sobre los cerros con letras blancas a lo Hollywood, y sirve para aprovisionarse en su tienda que se define como “Supermercado-Ferretería y Mercaderías en General”.
Después de más de cuatro horas por la Carretera llega un punto en el que te acostumbras al paisaje y quedas hipnotizado mirando por la ventana. Ya no analizas, y sólo dejas que los colores entren por la retina y que se procesen solos (aún no sabes que se quedarán grabados para siempre).
Pasan cerros de eternas faldas verdes y cumbres nevadas en un eterno loop; interrumpido con riachuelos, chivos y decenas de vacas echadas en medio del camino. Si tienes suerte, verás huemules.
En algunos tramos, el paisaje adquiere connotaciones tétricas: árboles muertos de ramas torcidas dan cuenta de incendios forestales. En otros, como por ejemplo, cuando se llega a Puerto Yungay, uno se encuentra con tipos como Francisco Velásquez, quien a sus 64 años se enorgullece de tener el baño más solicitado entre Cochrane y Villa O’Higgins.
Puerto Yungay tiene diez habitantes, y Velásquez es el dueño de la única tienda con baño público del pueblo, que cuesta 200 pesos. En esta parada termina el primer tramo de la Carretera Austral. Para continuar hay que subir en auto a un ferry gratuito del Ministerio de Obras Públicas, que cruza el Fiordo Mitchell.
Después de eso, por fin, estarás a tres horas de Villa O’Higgins.
Pueblo solitario
Un letrero da la bienvenida y el cielo opaco será el denominador común de un lugar en que la lluvia parece actuar en base a la intuición: cuando llegas a Villa O’Higgins es muy probable que comience a llover.
En Villa O’Higgins no hay mucho que hacer. Minúsculas casas de madera unas junto a la otras, escasos transeúntes, una casa de madera amarilla con el exagerado apelativo de “supermercado” y otra que ofrece teléfono fijo y fax.
El alcalde es el panadero del pueblo, el colegio llega hasta octavo básico, algunos vecinos aún llevan el cuchillo al cinto y la conexión a internet funciona con antenas y se cae cada media hora “para que nadie baje archivos pesados”, como dicen.
Éste es uno de esos lugares de los que sólo quisieras escapar, como lo hacen la mayoría de los jóvenes de aquí cuando van a continuar sus estudios secundarios a Cochrane o Coyhaique.
Sin embargo, Hans Silva, de 40 años, se quedó. Geógrafo de la Universidad Católica, llegó hace 20 años para trabajar en un proyecto de Servicio País. Aquí se enamoró, casó, tuvo dos hijas, trató de ser alcalde, se convirtió en concejal, formó el cuerpo de bomberos, se hizo experto en la zona y ahora es el mejor guía para conocer los hermosos senderos del sector.
“Este fue elegido como uno de los mejores trekking de la Patagonia, según Lonely Planet”, dice Hans (después te mostrará la guía). En el camino, te encantaría compartir todo el tiempo su entusiasmo, pero a medida que avanzas por el sendero, rodeado de coihues, canelos, lengas y calafates, piensas que no deberías haber comido esos churrascos en la carretera y, menos, bebido esas cervezas D’olbek elaboradas en la zona.
En la ruta descubres que en los cerros que rodean Villa O’Higgins existe una dimensión paralela. Partiste desde la aldea caminando hasta el mirador Cerro Santiago, donde se pueden ver las casas desde arriba. Luego, un camino de tierra se interna en un bosque que combina diferentes escenarios: vegetación pura, barro hasta los talones, tierra seca, troncos y una empinada subida para llegar al Mirador del Valle, una planicie con caballos donde el sonido que domina es el canto de pájaros carpinteros.
On the rocks
Pero el trekking es sólo un aperitivo: el mayor encanto de Villa O’Higgins es el glaciar con el apellido del mismo prócer.
En menos de una hora, en un minibús llegas a Puerto Bahamondes, donde embarcas en la Quetru, para navegar durante cinco horas el Lago O’Higgins y enfrentar la gran masa de hielo.
En la proa hay nueve bicicletas de mochileros que bajan en la única parada que haremos a mitad de camino, en Candelario Mancilla (aunque de manera estricta no es una isla, con sus 23 habitantes, se parece mucho a una).
El Lago O’Higgins es casi un pequeño mar, tiene olas y corrientes que con mal clima pueden obligar a suspender el viaje. Todos van dentro sentados en las butacas, pero la emoción de verdad está en la cubierta, donde el viento pega fuerte en la cara.
Llevas gorro, bufanda, cuatro capas de ropa, guantes y aún así el frío te impide mover el cuerpo como quisieras, el barco se balancea y la sensación es la de un parque de diversiones. Sacas la cámara y el choque de las olas llega hasta tu lente, que se llena de gotas. Te sacas un guante para disparar y ya no sientes tu dedo. Estiras los brazos y la chaqueta se infla con el viento, mientras los músculos de tus piernas se tensan para no caer. Entonces, el mar se calma, giras y te das cuenta de que ya no estás solo: ahora Hans está en silencio sobre la cubierta mirando el paisaje.
El verde de los cerros contrasta con el blanco de los hielos.
El Glaciar O’Higgins aparece ahí, al frente, enorme. Subes a un zodiac para verlo aún más de cerca. El viento es cada vez más intenso y puedes ver la variedad de texturas y colores que genera el brillo del sol. La postal es memorable. No queda más que brindar con whisky.
En el camino de vuelta a Villa O’Higgins, te sientas junto a Hans, y le preguntas lo inevitable: ¿por qué escogiste este lugar?
“Porque tiene el carácter de lo remoto, de lo lejano que se ha ido perdiendo con la modernidad. Acá puedes estar lejos de todo. Tienes la oportunidad de encontrar lugares salvajes que te entregan elementos para alimentar el espíritu”, responde.
La última noche en Villa O’Higgins, abren especialmente las puertas de un restorán para los únicos visitantes y el cordero se asa al palo.
Hans, ese día, cumple 40 años y su esposa lleva una torta.
Las paredes son de madera, hay sopaipillas y el calor de la salamandra.
Hans pide tres deseos, sopla las velas y sus hijas le entregan un regalo envuelto en papel café. Afuera, llueve.
En Villa O’Higgins el concepto es “unplugged”. Aquí los gauchos no necesitan celulares ni Wi-Fi para ser felices. Sólo un buen mate.
Pasear
En Villa O’Higgins hay sólo una agencia de turismo, Hielo Sur, que tiene el minibús para recorrer la aldea y la Quetru, el barco que lleva hasta el glaciar (cuesta 75.000 pesos). En este momento, están construyendo el primer lodge de la zona, que será inaugurado a mediados de enero próximo. Más información en http://www.hielosur.com
Texto y fotos: Enrique Núñez Mussa, desde Villa O’Higgins..
Finland
I had the opportunity to share with the most incredible people in august of 2010 in the Foreign Correspondents’ Programme (FCP) in Finland, a journalistic experience that became a collage of wonderful memories. As part of the programme I had to write an articl for Finland’s Ministry for Foreign Affairs web page. This is what I wrote.
_____________________________________________________________________________________________________________________
Tuve la oportunidad de compartir con personas increibles en agosto de 2010 en Finlandia en el Foreign Correspondent’s Programme, una experiencia periodítica que se convirtió en un collage de memorias maravillosas. Como parte del programa debíamos escribir un artículo para el sitiodel Ministerio de Relaciones Exteriores de Finlandia. El artículo lo escribí directamente en inglés, por lo tanto, lo posteo tal cual acá abajo. En este link hay una nota en el sitio de la embajada de Finlandia en Chile, sobre mi participación en el programa.
______________________________________________________________________________________________________________________
Goodbye Finland – till next time!
By Enrique Núñez Mussa (Chile)
Foreign Correspondents’ Programme (FCP) in Finland in August 2010
And they were there. Since the first moment, when our shoes step over Finnish land, leaving the airplanes. They were silent and respectful, they knew exactly what was going to happen, so they just decided to wait and observe.
They saw our first smiles, when everyone said his name to each other, and faces from Facebook started to become real. They also saw when days started to advance and the faces began to become complex and full of details to each other, and that names stop representing only a country, but more important, they started representing human beings, very significant human beings in each other’s life.But they knew something; we were not still able to understand: we were living memories.
That’s why they enjoyed so much some moments they knew were going to become unforgettable. The silence in the middle of nature while a tree was thanking us for a hug he needed in Nuuksio park, sailing again and again in all the possible ships you can imagine over the Baltic Sea, while the wind was joking with us, and Helsinki, appeared at the distance, as a new idea of home, with a sun that was tired as us, after a day of new sensations.
At every lecture, when our faces with a coffee in front became interested or at some moments our imagination flew to another planets while we check the programme for the next days, they were with us, observing behind the window, trying to understand some of our new and fresh Finnish language knowledge, or they became nervous and anxious to be part of the discussion when questions appeared.
When CIMO House became a land without nationality to let in the flavor and traditions of different countries kitchen, they just wanted to jump inside the window, and share the dinner and the conversation where English in different accents, got mixed with our stories and with our ideas of this new place called Finland.
Even, they were watching at us, when we exposed our bodies to the heat of sauna and then to the cold water, with our lungs becoming small and our hearts huge. They laughed with us when we hugged Moomins, and they smiled when they saw our faces in the bus looking through the windows when landscapes or cities as Turku and Naantali passed in front of us.And also, they were there in that moments no one noticed, when we got a sleep in the bus, when we just sit down in front of a landscape in silence, when that song in that particular moment came out of our mp3 player, when we had doubts and expectations travelling alone to the Finnish family that will receive us for a weekend, and when we were alone in our rooms, just realizing at the end of the day that we were not lost in translation anymore and that this life full of new experiences was becoming normal.That’s the reason why they started crying some days before the end. A lot of people told to us that the weather in Finland was particularly good the days of our visit. Here is the explanation, they: The Clouds, were living this experience with us. They were just the same as us: all different, growing, changing, moving to one place to another, mixing themselves, aware that they will never feel the same and be in the same places in that particular moment again. That’s why it started raining. They knew since the first moment that we were going to cry when this experience finished. The last night came and the sky next day was cloudy.
Maybe someday, the sun clears the sky and clouds come together again in the same way in Finland’s sky.
1939
Fue un año clave en la historia de la humanidad y en la historia del cine. 1939 es el nombre de un cuento con el que obtuve primera mención honrosa en el Concurso Literario UC y que fue recogido en una antología editada por la Universidad Católica de Chile que se puede descargar gratis desde este link.El cuento está en la página 56.
En el sitio web de la Facultad de Comunicaciones UC, escribieron una nota sobre este trabajo que pueden leer acá.
Este es el texto que incluyeron los antologadores para presentar el cuento:
Para Enrique los personajes más fascinantes son los de la vida real, por lo tanto, antes que cualquier escritor, su mayor inspiración ha sido la calle. “Todo se trata de contar historias y las mejores se encuentran sumergiéndose en la ciudad. Sentarse en el centro, en un bar, y ver a la gente es mi mayor referente”, afirma. Sin embargo, también admira muchísimo a Cortázar, Coupland y Fuguet. Especialmente a este último: “Me encanta su narrativa y es un orgullo que sea periodista”, dice. Para escribir su cuento “1939”, Enrique se basó en el supuesto de que nunca existe sólo una buena idea, sino dos que se funden. En este caso, se inspiró en las historias de soldados que habían sufrido una amputación en la Segunda Guerra Mundial, y luego se convertían en actores que representaban a personajes amputados. “La idea de representar la propia vida”, señala.






















