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Diálogos Magazine and newspaper articles/Artículos en revistas y diarios

Habitantes de la memoria

Columna publicada en la edición de Diciembre 2012 de Revista Diálogos de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

La revista completa en este link.

Columna Diálogos

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Magazine and newspaper articles/Artículos en revistas y diarios Rolling Stone Chile

Guía para viajeros 2.0

Publicada en Rolling Stone.

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Books/Libros

Atacama Desierto Vivo

El libro Atacama Desierto Vivo para ProChile Atacama, es producto de un intenso trabajo  que implicó recorrer completa la región de Atacama, estuve cargo del reporteo, producción, escritura y traducción, y trabajé con un equipo conformado por el Editor Patricio Corvalán, el Fotógrafo Jorge Marín y la Diseñadora Marcerla Veas.

Acá los links a dos notas con más detalles sobre esta publicación:

“Lanzan libro en tres idiomas dedicado a la región de Atacama”. (Emol).

“Atacama: Periodistas UC plasmaron en un libro datos, historias y belleza de este lugar de Chile”. (FCOM UC).

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Domingo El Mercurio Magazine and newspaper articles/Artículos en revistas y diarios

Patagonia

Patagonia
Fotos: Enrique Núñez Mussa.

An adventure in the deepest Chilean Patagoni, to reach the imposing O’Higgins Glacier, that I wrote and photographed for Domingo the Travel Magazine of El Mercurio Newspaper. You can read the article directly at El Mercurio in this link. Here you will find a slide with more pictures.

Una aventura en lo más profundo de la Patagonia Chilena hasta llegar al imponente Glaciar O’Higgins que escribí y fotografié para Revista Domingo del Mercurio. Pueden leer el artículo directamente en El Mercurio acá. En este link encontrarán un slide con más fotos.

Villa O’Higgins
La nueva era del hielo

En la Patagonia chilena está uno de los cuatro glaciares más grandes de Sudamérica.

El hielo es poroso, lleno de cráteres y pequeñas puntas que se entierran suavemente en tus mejillas. El sabor del whisky va perdiendo intensidad mientras pasa por la garganta y el frío se va esfumando. Un pedazo del glaciar O’Higgins se derrite en tu boca y va a terminar directo en tu estómago. Eso, sin dudas, es la Patagonia profunda.

Sobre la cubierta de la Quetru, una embarcación para sesenta personas, al frente observas uno de los cuatro glaciares más grandes de Sudamérica y la entrada a los Campos de Hielo Sur.

A 500 metros de distancia, el glaciar parece una gran paleta de helado que podrías sujetar y comer durante horas. Pero para apreciar sus 754 kilómetros cuadrados de puro hielo blanco y celeste hemos pasado dos días de camino sentados en una camioneta.

La travesía comienza en el aeropuerto de Balmaceda. Sólo una camioneta con tracción adecuada será capaz de avanzar por el ripio de la Carretera Austral y no te abandonará en medio de la nada. En el aeropuerto lo saben bien y los cinco puestos de rent a car cuentan con vehículos preparados para correr sobre barro y nieve, si es necesario.

El objetivo es llegar a Villa O’Higgins, la localidad donde te hospedarás para poder alcanzar el glaciar. Como dice uno de los guías y empresario turístico, Alejandro Macaya: “allá el concepto es unplugged”. No hay más opción, dicen, y desde ya es mejor olvidarse de encender el celular y nunca preguntar por Wi-Fi: los gauchos no necesitan más que charqui y mate para ser felices.

La única “gran” ciudad entre Balmaceda y Villa O’Higgins es Cochrane, que se anuncia sobre los cerros con letras blancas a lo Hollywood, y sirve para aprovisionarse en su tienda que se define como “Supermercado-Ferretería y Mercaderías en General”.

Después de más de cuatro horas por la Carretera llega un punto en el que te acostumbras al paisaje y quedas hipnotizado mirando por la ventana. Ya no analizas, y sólo dejas que los colores entren por la retina y que se procesen solos (aún no sabes que se quedarán grabados para siempre).

Pasan cerros de eternas faldas verdes y cumbres nevadas en un eterno loop; interrumpido con riachuelos, chivos y decenas de vacas echadas en medio del camino. Si tienes suerte, verás huemules.

En algunos tramos, el paisaje adquiere connotaciones tétricas: árboles muertos de ramas torcidas dan cuenta de incendios forestales. En otros, como por ejemplo, cuando se llega a Puerto Yungay, uno se encuentra con tipos como Francisco Velásquez, quien a sus 64 años se enorgullece de tener el baño más solicitado entre Cochrane y Villa O’Higgins.

Puerto Yungay tiene diez habitantes, y Velásquez es el dueño de la única tienda con baño público del pueblo, que cuesta 200 pesos. En esta parada termina el primer tramo de la Carretera Austral. Para continuar hay que subir en auto a un ferry gratuito del Ministerio de Obras Públicas, que cruza el Fiordo Mitchell.

Después de eso, por fin, estarás a tres horas de Villa O’Higgins.

Pueblo solitario

Un letrero da la bienvenida y el cielo opaco será el denominador común de un lugar en que la lluvia parece actuar en base a la intuición: cuando llegas a Villa O’Higgins es muy probable que comience a llover.

En Villa O’Higgins no hay mucho que hacer. Minúsculas casas de madera unas junto a la otras, escasos transeúntes, una casa de madera amarilla con el exagerado apelativo de “supermercado” y otra que ofrece teléfono fijo y fax.

El alcalde es el panadero del pueblo, el colegio llega hasta octavo básico, algunos vecinos aún llevan el cuchillo al cinto y la conexión a internet funciona con antenas y se cae cada media hora “para que nadie baje archivos pesados”, como dicen.

Éste es uno de esos lugares de los que sólo quisieras escapar, como lo hacen la mayoría de los jóvenes de aquí cuando van a continuar sus estudios secundarios a Cochrane o Coyhaique.

Sin embargo, Hans Silva, de 40 años, se quedó. Geógrafo de la Universidad Católica, llegó hace 20 años para trabajar en un proyecto de Servicio País. Aquí se enamoró, casó, tuvo dos hijas, trató de ser alcalde, se convirtió en concejal, formó el cuerpo de bomberos, se hizo experto en la zona y ahora es el mejor guía para conocer los hermosos senderos del sector.

“Este fue elegido como uno de los mejores trekking de la Patagonia, según Lonely Planet”, dice Hans (después te mostrará la guía). En el camino, te encantaría compartir todo el tiempo su entusiasmo, pero a medida que avanzas por el sendero, rodeado de coihues, canelos, lengas y calafates, piensas que no deberías haber comido esos churrascos en la carretera y, menos, bebido esas cervezas D’olbek elaboradas en la zona.

En la ruta descubres que en los cerros que rodean Villa O’Higgins existe una dimensión paralela. Partiste desde la aldea caminando hasta el mirador Cerro Santiago, donde se pueden ver las casas desde arriba. Luego, un camino de tierra se interna en un bosque que combina diferentes escenarios: vegetación pura, barro hasta los talones, tierra seca, troncos y una empinada subida para llegar al Mirador del Valle, una planicie con caballos donde el sonido que domina es el canto de pájaros carpinteros.

On the rocks

Pero el trekking es sólo un aperitivo: el mayor encanto de Villa O’Higgins es el glaciar con el apellido del mismo prócer.

En menos de una hora, en un minibús llegas a Puerto Bahamondes, donde embarcas en la Quetru, para navegar durante cinco horas el Lago O’Higgins y enfrentar la gran masa de hielo.

En la proa hay nueve bicicletas de mochileros que bajan en la única parada que haremos a mitad de camino, en Candelario Mancilla (aunque de manera estricta no es una isla, con sus 23 habitantes, se parece mucho a una).

El Lago O’Higgins es casi un pequeño mar, tiene olas y corrientes que con mal clima pueden obligar a suspender el viaje. Todos van dentro sentados en las butacas, pero la emoción de verdad está en la cubierta, donde el viento pega fuerte en la cara.

Llevas gorro, bufanda, cuatro capas de ropa, guantes y aún así el frío te impide mover el cuerpo como quisieras, el barco se balancea y la sensación es la de un parque de diversiones. Sacas la cámara y el choque de las olas llega hasta tu lente, que se llena de gotas. Te sacas un guante para disparar y ya no sientes tu dedo. Estiras los brazos y la chaqueta se infla con el viento, mientras los músculos de tus piernas se tensan para no caer. Entonces, el mar se calma, giras y te das cuenta de que ya no estás solo: ahora Hans está en silencio sobre la cubierta mirando el paisaje.

El verde de los cerros contrasta con el blanco de los hielos.

El Glaciar O’Higgins aparece ahí, al frente, enorme. Subes a un zodiac para verlo aún más de cerca. El viento es cada vez más intenso y puedes ver la variedad de texturas y colores que genera el brillo del sol. La postal es memorable. No queda más que brindar con whisky.
En el camino de vuelta a Villa O’Higgins, te sientas junto a Hans, y le preguntas lo inevitable: ¿por qué escogiste este lugar?

“Porque tiene el carácter de lo remoto, de lo lejano que se ha ido perdiendo con la modernidad. Acá puedes estar lejos de todo. Tienes la oportunidad de encontrar lugares salvajes que te entregan elementos para alimentar el espíritu”, responde.

La última noche en Villa O’Higgins, abren especialmente las puertas de un restorán para los únicos visitantes y el cordero se asa al palo.

Hans, ese día, cumple 40 años y su esposa lleva una torta.

Las paredes son de madera, hay sopaipillas y el calor de la salamandra.

Hans pide tres deseos, sopla las velas y sus hijas le entregan un regalo envuelto en papel café. Afuera, llueve.

En Villa O’Higgins el concepto es “unplugged”. Aquí los gauchos no necesitan celulares ni Wi-Fi para ser felices. Sólo un buen mate.

Pasear
En Villa O’Higgins hay sólo una agencia de turismo, Hielo Sur, que tiene el minibús para recorrer la aldea y la Quetru, el barco que lleva hasta el glaciar (cuesta 75.000 pesos). En este momento, están construyendo el primer lodge de la zona, que será inaugurado a mediados de enero próximo. Más información en http://www.hielosur.com

Texto y fotos: Enrique Núñez Mussa, desde Villa O’Higgins..

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Magazine and newspaper articles/Artículos en revistas y diarios Qué pasa en Antigua

Antigua una ciudad Kafka/Antigua a Kafka city

Fui invitado por la Revista Guatemlateca Qué Pasa en Antigua a inaugurar la sección de columnas en su edición de julio 2009, con un texto en español e inglés con fotos. La idea era pensar Antigua. Acá va el resultado con las fotos que aparecieron en el papel./ I was invited by the Guatemalan Magazine Qué Pasa en Antigua in their july 2009 edition, to start their column section with a text in spanish and english with pictures. The idea was to think Antigua. Here is the result with the pictures that appeared in the paper.

La versión impresa en estos links/ The print version in this links:

Español.
English.

EN CONSTRUCCIÓN

Las ruinas son heridas que no han terminado de sanar, advertencias sobre la piel que han convertido a Antigua en una ciudad en permanente construcción. Las visito, las observo y no veo más que vida, jardines verdes manchados con flores de colores donde juegan niños, parejas de enamorados que emiten vibraciones de pura energía en cada beso, estudiantes forjándose a sí mismos y elementos de construcción de diversa índole repartidos por doquier, andamios, cubetas para el agua, martillos. Instrumentos de curación que en lugar de sanar mantienen las heridas abiertas para preservar las ruinas.
Las mismas ruinas que en las tardes, cuando se han cerrado las puertas y sus visitantes se han ido, lloran en silencio, se ha acabado la distracción y están obligadas a ver sus cuerpos deformados, destruidos unos sobre otros, pilares desmembrados que finalmente se han vuelto la base para conformar lo que la ciudad es hoy. Con su llanto contagian a Antigua completa y quizás por eso en la tarde comienza a llover, son lágrimas de terror de una ciudad que un día perdió su identidad. El fantasma del terremoto de 1773 aparece como sinónimo de abandono.
Por ese motivo necesita tanto de sus visitantes, para volver a existir. Los turistas llegan a Antigua como víctimas de una corriente magnética; es un llamado subterráneo, desesperado. Ellos arriban y la tiñen con sus acentos y paseos por el Parque Central. Los morados, amarillos y verdes de las tiendas de artesanías se confunden con los caquis de los pantalones y shorts, con las mochilas sucias y las botas gastadas. Algunos regresan hasta por segunda, tercera y más veces, otros se quedan para siempre, pero muchos no vuelven más. Y es este grupo el que finamente se llevará por el resto de sus días una sola imagen, un fragmento de tiempo encapsulado en fotografías digitales que ayudan a refrescar la memoria.
Finalmente ese lapso espacio temporal arbitrario y único será Antigua para ellos, sólo esos olores, sonidos, sabores. Ese es uno de los principales encantos de la ciudad, que nunca es la misma, porque la constante renovación de sus visitantes la convierte en una ciudad en permanente construcción.
Dos turistas entran a un bar, no se conocen, ambos son jóvenes y de nacionalidades diferentes; él habla algo de español y decide acercarse a ella, la invita a un trago, ella está sola y de pasada, en dos días más continuará viajando por Centroamérica: El Salvador, Honduras y volver a casa. Él, en cambio, estará por un mes en Antigua, vino a perfeccionar su español, sus padres son latinos, pero creció en los Estados Unidos. La conversación fluye como todo en la ciudad, agradable, gentil, sonríen sin esfuerzo, toman más de un trago. Ambos están solteros y tienen dos días más para definir el final de esta historia. Independientemente de la decisión que tomen, para cada uno de ellos Antigua será esa noche, esa conversación, las risas, aún cuando es posible que ninguno de los dos vuelva a pisar la ciudad, ellos se convirtieron en la ciudad el uno para el otro.
Al momento de definir Antigua, dejando de lado los adjetivos que merece su bella arquitectura colonial o la palpable fe que transmiten sus iglesias, tratando de buscar esa esencia que conforma la identidad. Me atrevo a decir que Antigua es una ciudad Samsa.
Al comienzo me extrañó que uno de sus restaurantes se llamara Kafka, desentonaba con la estética centroamericana, sin embargo, cuando descubrí que este lugar también ofrecía hospedaje y cuando más de una vez pasé por su fachada y vi a turistas reunidos frente a un guía, lo comprendí todo.
Kafka escribió sobre Antigua sin saberlo, esta ciudad es Gregorio Samsa. Trata de entenderse a sí misma, busca permanentemente saber quién es, está traumada, marcada por el abandono y la soledad. Por lo tanto, necesita de la visión externa para autoafirmarse y comprender su identidad. Es a través de sus visitantes que es posible definir Antigua. Porque ellos con sus pasadas esporádicas también son la ciudad. Una ciudad Gregorio Samsa. Una ciudad en permanente metamorfosis.

UNDER CONSTRUCTION

The ruins are wounds that have not stopped recovering, warnings on the skin that turned Antigua into a city in permanent construction. I visit them. I observe them and do not see any more than life: green gardens stained with the colors of flowers where children play, lovers who emit vibrations of pure energy in every kiss, students building themselves, and construction elements of diverse nature distributed all over, scaffoldings, buckets of water, hammers. Instruments of healing that instead of re
cover, preserve the open wounds to keep the ruins alive.
The same ruins that in the evenings, when the doors have been closed and the visitors have gone away, cry silently; the distraction has ended and they are forced to see their deformed bodies destroyed one on top of other; dismembered props that finally have become the base to shape what the city is today. With their weeping they alter Antigua completely, and probably because of it, in the evening it begins to rain; they are tears of terror of a city that one day lost its identity. The ghost of the earthquake of 1773 turns out to be synonymous with abandonment.
For this reason, she needs her visitors so much, to exist again. The tourists come to Antigua as victims of a magnetic current; it is an underground call of desperation. They arrive and dye her with their accents and walks though Central Park. The purple, yellow and green of the craft shops get confused with the khakis of trousers and shorts, with the dirty backpacks and worn-out boots. Some of them return for a second, a third, or more times. Others remain forever, but many people do not return again. And, it is this group, the ones that will take with themselves, for the rest of their days, only one image of the city; a fragment of time encased in digital photographs, which helps the memory to be refreshed.
Finally, this arbitrary and unique temporary space will be Antigua for them–only these smells, sounds, and flavors. This is one of the principal captivations of the city, which is never the same, because the constant renovation of her visitors turned her into a city in permanent construction.
Two tourists go into a bar. They don’t know each other. Both are young and of different nationalities. He speaks some Spanish and decides to approach her. He invites her for a drink. She is alone and in town for a small time. In two more days, she will continue traveling through Central America: El Salvador, Honduras, then back home. He will be in Antigua for one month. He came to work on his Spanish. His parents are Latinos, but he grew-up in the United States. The conversation flows as everything in the city: gently. They smile without effort and have more than one drink. Both are single and have two more days to define the end of this story. Independent of the decisions they make, for each of them, Antigua will be that night, that conversation, those laughs. Even when it is possible that neither of them will return to the city, they became the city for each other.
To define Antigua, leaving out the adjectives that the beautiful colonial architecture deserves or the palpable faith which her churches transmit, by trying to look for the essence that shapes its identity, I dare to say that Antigua is a city Samsa.
At the beginning it surprised me that one of her restaurants was called Kafka; it seemed out of tune with the Central American aesthetics. Nevertheless, when I discovered that this place also was offering accommodations, and when more than once I passed in front of it and saw groups of tourists with a guide, I understood everything.
Kafka wrote about Antigua without knowing it; this city is Gregorio Samsa. She tries to be self understood, permanently seeking who she is, still in shock because of abandonment and loneliness. Therefore, she needs the external vision to understand her identity. It is through her visitors that it is possible to define Antigua. Because with their sporadic visits, they become the city. A Gregorio Samsa city. A city in permanent metamorphosis.

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Comunicaciones UC Web articles/Artículos en la web

Momentos en Salzburgo


Esta columna publicada en la web de la Facultad de Comunicaciones de la UC, relata brevemente mi experiencia en el Salzburg Global Seminar 2008.

Momentos:

 

Son los pequeños fragmentos que quedan en la memoria, los que hacen que un viaje perdure y el Salzburg Global Seminar estuvo plagado de esos “momentos”.

Podría escribir sobre la importancia de la Media Literacyo alfabetización mediática. Podría escribir sobre lo grande que nos hace compartir opiniones con personas de otras culturas. Podría escribir sobre cómo los medios de comunicación son fundamentales en la construcción de la sociedad. Pero prefiero hablar de momentos. Sí, momentos. Pequeños espacios de tiempo que hicieron única mi experiencia en el Salzburg Global Seminar. Finalmente esas Polaroids mentales que se repiten una y otra vez en la memoria como una función personal de diapositivas, hacen que un viaje valga la pena.

Parto con las nubes de Munich, el avión pasa a través de ellas y son las nubes más lindas que he visto en mi vida, descubro figuras, las atravieso, es como flotar, ahora entiendo eso de “estar en las nubes”. Estaba llegando a Alemania, un bus nos llevaría a Austria, específicamente a Salzburgo, el viaje recién comenzaba y ya me daba por satisfecho con las nubes.

Esas nubes me estarían esperando nuevamente cuando emprendiera el regreso. Pero entonces, ya serían un recuerdo más. Estarían acampando en mi memoria reciente al lado de otras imágenes. Junto a la Schloss Leopoldskron, también conocida como “La Casa de La Novicia Rebelde”, por algunas escenas de la película que se filmaron en el lugar.

 

 

 


Espacio donde los alumnos del seminario compartíamos nuestras comidas y donde tras una ardua lucha con la lavadora, mientras esperaba mi ropa, terminé en una noche de tormenta a la una de la madrugada frente a un computador en la biblioteca vacía, bajo la atenta mirada de los querubines que colgando de las paredes me permitieron jugar a que era el dueño del lugar.

 

 


Hablando de adueñarse, aunque desde una perspectiva económica sea una palabra con una connotación negativa, creo que es bastante clarificadora al hablar de esta experiencia. Porque en las tres semanas que duró el seminario, los estudiantes nos adueñamos de la Schloss y de la ciudad. Salzburgo empezó a sonar con acentos y a oler a mundo. Y en ese adueñarse del espacio se produjo con el tiempo un adueñarse de sí mismo, que los siúticos llamarían el “viaje interior”.

Ahí surge otro de mis momentos, último fin de semana, salgo a recorrer la ciudad con un mapa que no miro, busco perderme, con la seguridad de que Salzburgo es un lugar en el que al final uno nunca se pierde del todo. Además, hasta perderse es atractivo en una ciudad desconocida. Camino, camino y camino, subo a un cerro y me encuentro con la ciudad completa bajo mi nariz.

 


Me siento en una banca y recapitulo, escaneo cada día, cada “momento”. Y me doy por satisfecho, es entonces cuando uno se da cuenta de que al partir a un viaje como este sólo hay preguntas y de lo increíble que resulta cómo van surgiendo las respuestas en todo lo que miras, escuchas, conversas, sientes, hueles, palpas, en lo que te llena y en lo que te deja sensaciones de vacío.

Antes que cualquier terapia alternativa, salir de tu contexto diario te limpia y te carga las pilas. Incluso las situaciones más frustrantes se convierten en buenas experiencias: debates que te dejan con la bala pasada, conversaciones que se pierden en la traducción, lugares turísticos que de tan turísticos se vuelven impersonales.

Un ejemplo, quizás el más caricaturesco de cómo el juicio de la memoria a veces es más justo que el razonamiento inmediato. Me habían recomendado que no fuera al Museo de Salzburgo, no hice caso, aunque tenían razón, es uno de los peores museos en los que he estado en mi vida. Extremadamente localista, con una sala en honor a la familia más millonaria de la ciudad y un recorrido eterno con vidas de personajes que sólo son conocidos por los habitantes de Salzburgo.

Sin embargo, al llegar a Chile noté que nunca había tenido tanto que contar sobre un museo. Finalmente quienes nos preparamos para ser periodistas buscamos eso: relatos, historias para contar. En ese museo conocí la sala dedicada a Hans Florey, un artista genial o sólo chiflado que descompone matemáticamente las melodías de Bach, para convertir sus resultados numéricos en formas geométricas que al ser coloreadas presenta como obras de arte. Por historias como la de Florey, vale la pena soportar un museo de pesadilla. Por historias como esa vale la pena hacer un viaje tan gratificante como este.


Lo que más aprendí después de esto fue que en el periodismo donde estamos obligados a siempre tener algo que decir, resulta un ejercicio increíble dejarse permear por las historias y personajes, escuchar, mirar y aprender.

La semana de mi regreso tuve una clase, en una extraña coincidencia, un profesor que explicaba la mentalidad detrás de la cultura griega contó la historia de dos hombres, uno le pregunta al otro: “¿Por qué vives?”. El segundo contesta: “Por curiosidad, deseo conocer”. Esa historia me dejó helado, porque el Salzburg Global Seminar con todos sus momentos, me regaló la capacidad de volver a sorprenderme como un niño frente al mundo y sus estímulos. Si eso es ser periodista, espero serlo toda la vida.