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Como niños

Versión original y extendida de la columna publicada el viernes 2 de septiembre de 2016 en el diario La Segunda de Chile.

Ilustración bajo licencia Creative Commons: https://www.flickr.com/photos/donkeyhotey/24854169213

«Si los niños ven a un personaje que tiene un discurso discriminatorio contra las minorías y que los hace a ellos sentirse vulnerables, rompe con las expectativas de lo que se requiere de un futuro gobernante. Por qué, por ejemplo, un niño soñaría con ser presidente, si uno de los caminos posibles es ser como Trump».

Por Enrique Núñez Mussa, Profesor Facultad de Comunicaciones UC

Un diario chileno replicaba un artículo de La Nación de Argentina que se cuestionaba cómo explicarle Donald Trump a los niños y reproducía las preguntas que hijos estadounidenses de familias latinas le hacían a sus padres. Tan lógicas que estremecían. Reflejaban el temor a dejar su país y tener que cuestionarse cosas que nunca se habían planteado. Un primer acercamiento a que la realidad que daban por segura no era tal.

Los niños son una audiencia difícil, porque exigen respuestas racionales que exponen las contradicciones de la situación política sin matices. La nominación del candidato del Partido Republicano, obliga a los padres como narradores a darle sentido a ese relato, lo que resulta conflictivo, porque significa reconocer la fragilidad de los símbolos políticos que dan cuenta de la salud de una democracia.

Se ha estudiado en Estados Unidos que el rol de Presidente de la República tiene un liderazgo simbólico, es una figura ejemplar en quién los votantes depositan expectativas sobre su carácter y conducta moral, que dan cuenta de su capacidad para dirigir la nación. Un estudio clásico arrojó que los electores buscan en un presidente que sea la combinación entre un héroe y un amigo.

En un país con una democracia sana, que cuenta con legitimidad, es decir cuyos miembros consideran que es el sistema adecuado de gobierno para ellos y por ende actúan acorde a sus procesos, un candidato que llega a la última instancia de la elección, se espera tenga los méritos para ostentar el liderazgo simbólico que exige el rol.

Si los niños ven a un personaje que tiene un discurso discriminatorio contra las minorías y que los hace a ellos sentirse vulnerables, rompe con las expectativas de lo que se requiere de un futuro gobernante. ¿Por qué, por ejemplo, un niño soñaría con ser presidente, si uno de los caminos posibles es ser como Trump?

El candidato exige a los padres explicar el sistema democrático con sus méritos, pero también reconocer en esa explicación sus falencias. Como las historias son la mejor herramienta que tiene el ser humano para explicar y entender un conflicto, los padres deben convertirse en narradores y usar metáforas que ayuden a simplificar la situación.

Ese ejercicio demuestra que los niños acentúan el sinsentido que ha significado el personaje para todos los públicos. Los adultos nos hemos encontrado buscando la misma explicación en la prensa. En esta elección, más que nunca, el periodismo ha tenido que dotar de sentido a la realidad a través de sus narraciones.

Los periodistas han usado las mismas estrategias que un padre o una madre con sus hijos. Sobre todo, desde que Trump alcanzó la nominación, la prensa ha tenido que desarrollar historias cuyo objetivo es dar cuenta de que este candidato es una anomalía dentro del sistema democrático. De esa forma, por ejemplo, se le ha comparado con un virus que enferma a un cuerpo saludable.

Estados Unidos es un país que ha logrado hacer sentido de su diversidad étnica y racial a través de las historias. En lo que queda de elección, es el momento de que la prensa trabaje con el recurso de mostrar antes que contar, para contrastar el discurso de Trump y presentar las realidades pendientes como la integración de los latinos y de los árabes, y su sentimiento hacia el país.

Es también la oportunidad de ayudar a los padres a explicarles a los hijos quién es Trump, más allá de lo inmediato, cuestionándose por qué quiere ser presidente. De qué manera se relaciona este hombre con el poder; y mostrarle a los niños que pese a que la democracia puede tener falencias, también les da a los ciudadanos la oportunidad de ser los héroes de la historia, porque con el acto de asistir a las urnas a votar, se puede vencer el virus.

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Trump: la prensa, la narrativa y lo que queda por contar

Publicado en El Mostrador el 29 de Julio de 2016. 

Por Enrique Núñez Mussa, Facultad de Comunicaciones UC

En una elección democrática, los candidatos, periodistas y electores, entran en un triángulo de agendas en competencia y, por ende, de narraciones que intentan dominarse entre sí. Varios estudios empíricos han advertido que en periodo de elecciones los votantes perciben el mensaje de los candidatos con atención selectiva según sus afinidades, afiliación y prejuicios.

Por lo tanto, los electores suelen ser menos críticos respecto al discurso de “su” candidato, ven con facilidad sus virtudes y detectan defectos en el rival. En el caso de los votantes indecisos, su llegada al candidato tiende a ser por el que sienten más afinidad desde el carisma, para aproximarse luego a sus ideas. En ambos procesos, usando conceptos de Aristóteles, el pathos, la reacción emocional al discurso, y el ethos, que da cuenta de la credibilidad del narrador por su carácter, anteceden al logos, que implica la ponderación lógica de los argumentos.

Es una situación a la que se puede aplicar el paradigma narrativo del profesor Walter Fisher, que indica que los seres humanos procesamos la información a través de historias y que los individuos adoptarán la narración que tenga una coherencia interna que se ajuste de mejor forma a sus creencias previas. Las historias están estructuradas para generar un efecto en las emociones del receptor. En ese escenario, uno de los factores que ha influido para que Donald Trump logre la nominación como candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos, fue que utilizó una herramienta narrativa para apelar a los electores.

Su relato hace una interpretación oportunista de hechos como la masacre de Orlando, para, desde la amenaza aparente, construirse como un héroe de carácter firme que defenderá al país. Es un discurso que intenta evidenciar una nación de cristal, llena de amenazas, que requiere ser fuerte nuevamente. Para hacerlo se apoya con imágenes que representan su aparente poderío y capacidad, como la de un gran muro para separar a Estados Unidos de los inmigrantes, cuya única frontera pertinente es la de lo mítico y la megalomanía.

El escritor Carmine Gallo, en el libro The storyteller’s secret, explica que uno de los mecanismos efectivos para generar empatía al construir un relato, es identificar a un antagonista que se opone al avance o que amenaza la estabilidad del protagonista. Ese antagonismo conduce a que personajes disimiles puedan unirse en función de protegerse de la amenaza. Esa estructura dramática clásica, provoca incertidumbre y el deseo de mantener las cosas como están o de recuperarlas. Las sociedades experimentan esas incertidumbres cuando se enfrentan a crisis, por ejemplo, un ataque terrorista cuyo objetivo comunicacional es producir ese efecto.

Trump, en el discurso tras su nominación por el Partido Republicano, intentó aunar voluntades de votantes duros e indecisos inventando una crisis de seguridad y atribuyéndosela a un enemigo común. Qué más fácil que convertir en antagonistas a quienes no tienen el acceso a los medios ni la influencia para contar su propia historia: las minorías.

Convirtió a la inmigración en una figura abstracta y lo suficientemente amplia, para que los electores le den la forma que deseen en sus cabezas, cargada por prejuicios ignorantes, que suscitan una cadena de malos entendidos, que enturbian y contaminan la realidad. Transformando a quienes buscan refugio en sinónimo de terrorismo o en una bestia de película de acción que desintegrará el orden, para atentar contra la peligrosamente invocada seguridad nacional.

Esa es la estructura dramática que subyace a la teoría realista, que ve al hombre desde una perspectiva hobbesiana, y que desconfía de las instituciones y los acuerdos para mantener la seguridad del Estado ante una situación de alerta permanente. Acá gana el que se defiende mejor, sin respetar la filosofía de los tratados, la confianza en los organismos establecidos y el diálogo, que sostiene la teoría liberal, y que fue fundamental para mantener el equilibrio entre naciones durante la segunda mitad del siglo XX. La misma visión que el candidato Trump tiene para sustentar sus ideas de política exterior y que ha ejercido al interior de su partido para conseguir la nominación.

Él se aprovechó del proceso de personalización de la política, utilizando sus años de exposición mediática para imponer su carisma y carácter, infiltrándose en la estructura de partidos como un virus que la descompone. Trump deja a un lado los ideales que fundaron el Partido Republicano y, en su lugar, se aprovecha de las divisiones dentro de la colectividad para avanzar.

Fue un narrador capaz de identificar los prejuicios de un sector de su electorado para construir a partir de ahí un relato. Una historia con coherencia interna, pese a no tener consonancia con lo que ocurre al exterior de los márgenes de su discurso. Es el miedo en respuesta a la amenaza, lo que puede llevar a los menos críticos de sus electores a asimilar las correlaciones espurias de Trump para mantener a salvo al país, y es una lealtad emocional al partido, la que puede llevar a los republicanos detractores a apoyarlo.

Una idea que puede servir para entender la preponderancia de este vínculo entre emocionalidad y razón durante la campaña, está en los nuevos hábitos para consumir contenidos. Las redes sociales se han vuelto un canal de distribución en que el usuario interactúa con la información desde el pathos. El usuario no solo comparte y comenta los contenidos de política, sino que en una plataforma como Facebook indica también si le gustan, le encantan, lo divierten o lo enfadan, entre otras reacciones que fueron añadidas este año; mientras en Twitter, la estrella que permitía marcar un mensaje como favorito, se convirtió en un corazón.

Trump, que fue presentado como un personaje de comedia por la visionaria y desaparecida revista de sátira política Spy a fines de los 80, que lo calificó como un vulgar de dedos cortos, entendió en las primeras etapas de la campaña que podía aprovechar la emocionalidad a su favor, a través de la provocación, para posicionarse en la agenda periodística. Los medios se fueron paulatinamente dando cuenta de un avance que parecía delirante, hasta que a la revista Time no le quedó otra que anunciar que habría que lidiar con él, con el titular: “Deal with it”.

Desde la perspectiva de un periodismo público, en el que la prensa es entendida como un actor importante para dotar de sentido a la realidad y fiscalizar al poder para mantener una democracia sana, su rol puede ser fundamental en los últimos meses de campaña, los más influyentes para el electorado. Si bien la prensa no es la única responsable, ya que es solo un actor más, puede aún asimilar la emocionalidad en la cobertura de la campaña y encauzarla para que los electores puedan entender las consecuencias de su decisión al votar.

John J. Pauly, en un ensayo en el libro The idea of public journalism, publicado en 1999, distinguía con preocupación tres corrientes paralelas: un periodismo basado en los datos, otro en la narrativa y un tercero centrado en generar conversación pública. Su llamado era que debían integrarse, que los lectores hacían sentido de la realidad desde las narraciones y que era necesario que el periodismo más duro, centrado en datos, aprendiera de los contadores de historia y sus habilidades para construir estructuras dramáticas.

Ese llamado puede aportar en esta última etapa para desvanecer los temores infundados. Además de revisar las imprecisiones y errores en el discurso del candidato, y de revisar su historial de momentos ligados al entretenimiento, es momento de que las pautas se concentren en presentar las consecuencias de un posible gobierno de Trump, combinando los datos duros disponibles, con la proyección que permite la narrativa y el posterior efecto que puede tener en la conversación pública.

Emoción y razón pueden trabajarse en conjunto, para derrumbar la muralla que Trump construyó en la mente de los electores. Los periodistas como contadores de historias pueden aún guiar el relato y utilizar sus herramientas fiscalizadoras para aportar a que se detenga un descalabro en ascenso y aportar a que regrese el sentido común. La historia que cuenten, puede terminar cambiándola.