Trump: la prensa, la narrativa y lo que queda por contar

Publicado en El Mostrador el 29 de Julio de 2016. 

Por Enrique Núñez Mussa, Facultad de Comunicaciones UC

En una elección democrática, los candidatos, periodistas y electores, entran en un triángulo de agendas en competencia y, por ende, de narraciones que intentan dominarse entre sí. Varios estudios empíricos han advertido que en periodo de elecciones los votantes perciben el mensaje de los candidatos con atención selectiva según sus afinidades, afiliación y prejuicios.

Por lo tanto, los electores suelen ser menos críticos respecto al discurso de “su” candidato, ven con facilidad sus virtudes y detectan defectos en el rival. En el caso de los votantes indecisos, su llegada al candidato tiende a ser por el que sienten más afinidad desde el carisma, para aproximarse luego a sus ideas. En ambos procesos, usando conceptos de Aristóteles, el pathos, la reacción emocional al discurso, y el ethos, que da cuenta de la credibilidad del narrador por su carácter, anteceden al logos, que implica la ponderación lógica de los argumentos.

Es una situación a la que se puede aplicar el paradigma narrativo del profesor Walter Fisher, que indica que los seres humanos procesamos la información a través de historias y que los individuos adoptarán la narración que tenga una coherencia interna que se ajuste de mejor forma a sus creencias previas. Las historias están estructuradas para generar un efecto en las emociones del receptor. En ese escenario, uno de los factores que ha influido para que Donald Trump logre la nominación como candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos, fue que utilizó una herramienta narrativa para apelar a los electores.

Su relato hace una interpretación oportunista de hechos como la masacre de Orlando, para, desde la amenaza aparente, construirse como un héroe de carácter firme que defenderá al país. Es un discurso que intenta evidenciar una nación de cristal, llena de amenazas, que requiere ser fuerte nuevamente. Para hacerlo se apoya con imágenes que representan su aparente poderío y capacidad, como la de un gran muro para separar a Estados Unidos de los inmigrantes, cuya única frontera pertinente es la de lo mítico y la megalomanía.

El escritor Carmine Gallo, en el libro The storyteller’s secret, explica que uno de los mecanismos efectivos para generar empatía al construir un relato, es identificar a un antagonista que se opone al avance o que amenaza la estabilidad del protagonista. Ese antagonismo conduce a que personajes disimiles puedan unirse en función de protegerse de la amenaza. Esa estructura dramática clásica, provoca incertidumbre y el deseo de mantener las cosas como están o de recuperarlas. Las sociedades experimentan esas incertidumbres cuando se enfrentan a crisis, por ejemplo, un ataque terrorista cuyo objetivo comunicacional es producir ese efecto.

Trump, en el discurso tras su nominación por el Partido Republicano, intentó aunar voluntades de votantes duros e indecisos inventando una crisis de seguridad y atribuyéndosela a un enemigo común. Qué más fácil que convertir en antagonistas a quienes no tienen el acceso a los medios ni la influencia para contar su propia historia: las minorías.

Convirtió a la inmigración en una figura abstracta y lo suficientemente amplia, para que los electores le den la forma que deseen en sus cabezas, cargada por prejuicios ignorantes, que suscitan una cadena de malos entendidos, que enturbian y contaminan la realidad. Transformando a quienes buscan refugio en sinónimo de terrorismo o en una bestia de película de acción que desintegrará el orden, para atentar contra la peligrosamente invocada seguridad nacional.

Esa es la estructura dramática que subyace a la teoría realista, que ve al hombre desde una perspectiva hobbesiana, y que desconfía de las instituciones y los acuerdos para mantener la seguridad del Estado ante una situación de alerta permanente. Acá gana el que se defiende mejor, sin respetar la filosofía de los tratados, la confianza en los organismos establecidos y el diálogo, que sostiene la teoría liberal, y que fue fundamental para mantener el equilibrio entre naciones durante la segunda mitad del siglo XX. La misma visión que el candidato Trump tiene para sustentar sus ideas de política exterior y que ha ejercido al interior de su partido para conseguir la nominación.

Él se aprovechó del proceso de personalización de la política, utilizando sus años de exposición mediática para imponer su carisma y carácter, infiltrándose en la estructura de partidos como un virus que la descompone. Trump deja a un lado los ideales que fundaron el Partido Republicano y, en su lugar, se aprovecha de las divisiones dentro de la colectividad para avanzar.

Fue un narrador capaz de identificar los prejuicios de un sector de su electorado para construir a partir de ahí un relato. Una historia con coherencia interna, pese a no tener consonancia con lo que ocurre al exterior de los márgenes de su discurso. Es el miedo en respuesta a la amenaza, lo que puede llevar a los menos críticos de sus electores a asimilar las correlaciones espurias de Trump para mantener a salvo al país, y es una lealtad emocional al partido, la que puede llevar a los republicanos detractores a apoyarlo.

Una idea que puede servir para entender la preponderancia de este vínculo entre emocionalidad y razón durante la campaña, está en los nuevos hábitos para consumir contenidos. Las redes sociales se han vuelto un canal de distribución en que el usuario interactúa con la información desde el pathos. El usuario no solo comparte y comenta los contenidos de política, sino que en una plataforma como Facebook indica también si le gustan, le encantan, lo divierten o lo enfadan, entre otras reacciones que fueron añadidas este año; mientras en Twitter, la estrella que permitía marcar un mensaje como favorito, se convirtió en un corazón.

Trump, que fue presentado como un personaje de comedia por la visionaria y desaparecida revista de sátira política Spy a fines de los 80, que lo calificó como un vulgar de dedos cortos, entendió en las primeras etapas de la campaña que podía aprovechar la emocionalidad a su favor, a través de la provocación, para posicionarse en la agenda periodística. Los medios se fueron paulatinamente dando cuenta de un avance que parecía delirante, hasta que a la revista Time no le quedó otra que anunciar que habría que lidiar con él, con el titular: “Deal with it”.

Desde la perspectiva de un periodismo público, en el que la prensa es entendida como un actor importante para dotar de sentido a la realidad y fiscalizar al poder para mantener una democracia sana, su rol puede ser fundamental en los últimos meses de campaña, los más influyentes para el electorado. Si bien la prensa no es la única responsable, ya que es solo un actor más, puede aún asimilar la emocionalidad en la cobertura de la campaña y encauzarla para que los electores puedan entender las consecuencias de su decisión al votar.

John J. Pauly, en un ensayo en el libro The idea of public journalism, publicado en 1999, distinguía con preocupación tres corrientes paralelas: un periodismo basado en los datos, otro en la narrativa y un tercero centrado en generar conversación pública. Su llamado era que debían integrarse, que los lectores hacían sentido de la realidad desde las narraciones y que era necesario que el periodismo más duro, centrado en datos, aprendiera de los contadores de historia y sus habilidades para construir estructuras dramáticas.

Ese llamado puede aportar en esta última etapa para desvanecer los temores infundados. Además de revisar las imprecisiones y errores en el discurso del candidato, y de revisar su historial de momentos ligados al entretenimiento, es momento de que las pautas se concentren en presentar las consecuencias de un posible gobierno de Trump, combinando los datos duros disponibles, con la proyección que permite la narrativa y el posterior efecto que puede tener en la conversación pública.

Emoción y razón pueden trabajarse en conjunto, para derrumbar la muralla que Trump construyó en la mente de los electores. Los periodistas como contadores de historias pueden aún guiar el relato y utilizar sus herramientas fiscalizadoras para aportar a que se detenga un descalabro en ascenso y aportar a que regrese el sentido común. La historia que cuenten, puede terminar cambiándola.

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