Adiós cazador

Publicado originalmente en Medium.

Michael Cimino no fue un director prolífico ni consistente, pero con una película hizo más que muchos en toda una carrera. Un homenaje a The Deer Hunter, tras la muerte del realizador.


El director Michael Cimino murió a los 77 años y de su carrera destacó sólo una película. Pero qué película, The Deer Hunter, la segunda que filmó y que lo llevó a una gloria que no volvió a replicar. Con Oscar a mejor director y película incluidos.

En su ambición por encerrar la vida, The Deer Hunter narra una historia, que como pocas, es capaz de reflejar el paso de la inocencia y las expectativas hacia el desencanto y el sin sentido, exigiendo a los personajes reinventar su identidad para sobrevivir ante las circunstancias.

Un grupo de amigos demasiado seguros de sí mismos, tanto como para correr desnudos y borrachos en un suburbio donde no hay más riesgo que el de un resfrío y que construyen su virilidad y confianza en jornadas de cacería deportiva, sueñan con su futuro antes de partir a la guerra. Uno de ellos contrae matrimonio, en una secuencia que exuda alegrías y esperanzas. Serán las últimas.

Esa primera parte, funciona como una película por sí sola y cumple el objetivo de reflejar un mundo que consigue nuestra empatía con el suficiente compromiso, para que nos derrumbemos junto a los personajes cuando Vietnam les hurte la posibilidad de volver a sentirse así por el resto de sus vidas.

El sueño americano se extingue con esa generación. Estados Unidos quedará tan escindido como esos jóvenes. La muerte es un juego, es banal, es la ruleta rusa, es DeNiro y Christopher Walken jugándose el destino con un arma en la sien, porque ya nada queda por perder.

La película refleja con maestría la necesidad de reinventarse y la imposibilidad de desprenderse de las consecuencias de la guerra. De esa forma, la cinta se convierte en un puente natural entre el clásico The best years of our lives y la más reciente The hurt locker, para mostrar como la violencia de un conflicto bélico trauma a una generación.

Los que sobreviven lo hacen con cicatrices de las que no se pueden librar, porque un ser humano que fue empujado a sus límites más brutales, queda ahora sí desnudo, enfrentado a sus emociones más oscuras y contradictorias. Vivirán con la necesidad de cerrar sus procesos, pero lo que pueden encontrar tras esa búsqueda, es tan peligrosamente azaroso como el resultado de una ruleta rusa.

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