Por qué Una mujer fantástica puede ganar el Oscar y cómo dialoga con La forma del agua que va a mejor película

Publicado en Medium el 03/03/2018.

Por Enrique Núñez Mussa

Para escribir este comentario, vi antes todas las películas que compiten con la película chilena a las que pude acceder, sólo me faltó la libanesa El insulto, que busqué en todos lados y no alcancé a encontrar, por eso no la incluyo.

Acá separo mis gustos de las posibilidades de la película, aunque por supuesto quiero que gane, sobre todo por el impulso para la industria cinematográfica chilena y la visibilidad para el país, no es mi favorita como película, la rusa Loveless me parece una película mejor, pero no por eso con más posibilidades y méritos para ganar en el contexto de los Oscar.

Primer elemento, es que para esta edición no hay una favorita segura entre las nominadas a Mejor película extranjera, cuando NO llegó a estar entre las finalistas, le tocó “competir” con la lata que es Amour de Michael Haneke, un trámite en realidad para darle el Oscar a la cinta austriaca, que ni por lejos se acercaba a la anterior ganadora de Haneke, La cinta blanca, que servía para entender la animosidad que facilitó el germen del nazismo en Alemania antes de las guerras mundiales, e inferior a la épica y agilidad narrativa de NO. Un mal año.

La cinta que para este año ha hecho la campaña festivalera más sólida y con amplia distribución internacional es la sueca The Square, apoyada además por la inclusión en el elenco de la actriz estadounidense Elisabeth Moss que está muy bien evaluada tras protagonizar la serie The handmaid’s tale, pero como película es un conjunto de sketchs pegoteados que intentan hilvanar una narración menor, cuyo objetivo es que el director pueda burlarse del mundo del arte contemporáneo, que él conoce bien, al ser también un artista visual.

Queda así como una película de escasa importancia, con anécdotas logradas como la escena del hombre-mono que ha servido como imagen promocional, pero que, por ejemplo, no tiene relevancia en el avance de la trama. Además, sería raro que la Academia apueste por una película que ridiculiza a través de una imitación, al artista visual y director Julian Schnabel, a cargo de La Escafandra y la mariposa que en 2008 tuvo cuatro nominaciones.

La rusa Loveless viene de la mano del director de la anteriormente nominada Leviathan, Andrey Zvyagintsev, y es una mirada cruda y dolorosa a la paternidad y el afecto en la Rusia actual, luego de que desaparece el hijo de doce años de una pareja que se está divorciando. La película es sutil, insinúa más que muestra y termina siendo una reflexión descarnada sobre el egoísmo en el desarrollo de las relaciones humanas, pero en la lectura latente, puede quedar solo como un comentario sobre un momento de la sociedad Rusa, al ver más allá, el tema se revela como universal y la película queda rondando como un fantasma después de terminada. Donde puede perder frente a Una mujer fantástica, es que la película chilena es un espectáculo audiovisual mayor, Loveless es muy tradicional casi clásica, y no hay una mirada original ni novedosa a un tema que ya ha sido tratado por el cine estadounidense, sin ir más lejos Gone baby gone. Sólo, está muy bien logrado dentro de lo que ya se ha visto.

On body and soul (está en Netflix), la película húngara, responde a una sensibilidad similar que Una mujer fantástica y que La forma del agua (que suena como favorita a mejor película junto a Tres anuncios para un crímen), pero desde una mirada mucho más luminosa y esperanzadora que las otras dos. La directora presenta un conmovedor relato femenino sobre cómo se construye la relación entre una mujer que está dentro del espectro autista, que debe aprender a reconocer los sentimientos y sensaciones asociadas al amor y educarlos, con un hombre solitario. La conexión entre ellos, se produce con un elemento de realismo mágico que recuerda a un cuento de Cortázar. Tratando un tema parecido que tiene que ver con las relaciones tabú, en lo que Una mujer fantástica parece una novela, esta película es un cuentito amable.

Que haya tres películas con un leitmotiv parecido, creo que es muy favorable para Una mujer fantástica, porque significa que está en la línea de lo que le interesa a la Academia este año, que políticamente va en la línea anti-discriminatoria. Corre, además con la ventaja de que es la más original entre las tres que menciono, tanto La forma del agua como Body and soul tratan sobre la formación de una relación difícil, Una mujer fantástica es sobre cómo se vive el duelo, y es la menos idílica de las tres.

La película chilena tiene la palabra “fantástica” en su título, en su doble connotación, en las cualidades del personaje, con un dejo irónico por la condena social, pero también por el declive onírico que tiene la protagonista que se refleja en escenas que muestran esa capacidad de fantasear. En ese sentido, dialoga con La forma del agua, como si se tratara de la misma película, pero contada desde la perspectiva del otro personaje de la pareja, con la diferencia de que lo que es alegoría en la película de Del Toro, es la realidad más cruda y palpable en la de Lelio, es inolvidable la escena en que el personaje de Marcial Tagle le grita: “Monstruo” al de Daniela Vega, ahí no hacen falta efectos especiales ni escamas, para mostrar la capacidad que tiene el ser humano para discriminar lo que se aleja de los parámetros construidos culturalmente. Así, Una mujer fantástica, logra ser más directa y valiente al entregar el mismo mensaje que la favorita a mejor película, sin desmerecer además una realización pulcra y creativa, con actuaciones notables.

La otra gran diferencia es que la relación en la película de Del Toro, se construye desde la soledad e incomprensión compartida y tal como en Body and Soul, se produce un proceso de domesticación entre ambos elementos de la pareja, más literal en La forma del agua (el ser acuático es una mezcla entre galán y mascota), que en las carencias produce comprensión. La película de Lelio busca menos excusas, al presentar al comienzo una relación que no nace de trancas ni soledades compartidas, sino de una pareja que se divierte junta, con un humor y una vida erótica-sexual plena, por ende, no cae en el juego de las otras dos cintas, que deben inventar explicaciones acudiendo a la fantasía o al realismo mágico para concebir un pacto de credibilidad con la historia.

El tema no es nuevo, bien lo planteó con recursos mucho más sencillos en 1958, el proyecto regalón de Burt Lancaster como productor, Mesas separadas, nominada a mejor película, que obutvo premios a mejor actor y actriz principal, que presenta el romance entre un hombre viejo y una joven, que viven encerrados en sus soledades en una pensión. Es un tema que le gusta a Hollywood, pero que tiene una mirada nueva, y responde a los temas políticos del mundo y el momento, por ende le da bonos a Una mujer fantástica.

Que Daniela Vega presente uno de los premios en la ceremonia también es un buen augurio a considerar, sería curioso que la Academia haga ese guiño y sólo ese guiño a la película. Además la cinta llega con buena prensa. Ahora queda esperar que para Chile sea una noche fantástica.

Fact Checking UC Elecciones Presidenciales 2017

En la Facultad de Comunicaciones UC, me tocó liderar como profesor y editor la verificación a las afirmaciones de los candidatos presidenciales durante la campaña y el debate ANATEL de primera vuelta.

El resultado se publicó en T13.cl

Acá pueden encontrar la verificación a la campaña. 

Acá pueden encontrar la verificación al debate. 

Columna que escribí y se publicó en T13.cl con la principal conclusión obtenida tras esta experiencia:

Más exigencia a los comandos

Por Enrique Núñez Mussa, Profesor Facultad de ComunicacioNES uc

El ejercicio de chequeo a las afirmaciones de los candidatos presidenciales durante la campaña y el debate Anatel, que llevamos a cabo con estudiantes de Periodismo en la Facultad de Comunicaciones UC, nos permitió percibir problemas en los que será relevante trabajar para evolucionar en la calidad de nuestra política.

Al aplicar la metodología de proyectos de referencia en verificación de datos como Politifact, se les permitió a los comandos transparentar las fuentes de los datos entregados por sus candidatos en cada afirmación. Hago énfasis en la palabra permitió, porque se trataba de una oportunidad para que los comandos pudiesen fundamentar los discursos de cada aspirante a La Moneda, evidenciando fuentes certeras para llevar a cabo un proyecto país.

Aunque hubo comandos con mejor disposición que otros, la reacción mayoritaria fue como si estuviesen ofreciéndonos un servicio. Arguyendo problemas de tiempo o con explícito enojo, no contestaron o evadieron entregar la información. Otras veces, lo hicieron sólo tras una intensa insistencia o para ayudar con la tarea. Rara vez con la comprensión de que, en realidad, a los que se les ofrecía una oportunidad era a ellos. 

“Aunque hubo comandos con mejor disposición que otros, la reacción mayoritaria fue como si estuviesen ofreciéndonos un servicio. Arguyendo problemas de tiempo o con explícito enojo, no contestaron o evadieron entregar la información”

ENRIQUE NÚÑEZ 

Para un ejercicio como éste, no dependíamos de los comandos para levantar la información, podíamos rastrearla a través de caminos alternativos que serían explicitados en los artículos. Si bien estábamos actuando en el rol de perros guardianes del Periodismo, fiscalizar a la autoridad no es sinónimo de “pillarla”, sino de exigirle que esté a la altura de la sociedad que planea dirigir. Cuán ideal sería por el bien de nuestro país que un ejercicio como este impulsara a que los políticos fuesen más creíbles y presentaran información lo más ajustada posible a la realidad de Chile.

Al observar una cultura en que los comandos consideran que les hacen un favor a los estudiantes de Periodismo al contestarles el teléfono, se evidencia su escasa costumbre a ser fiscalizados, lo que implica que sus estándares no son los de esa evaluación. El celo por controlar el mensaje, se hizo patente a través de reclamos, incluso cuando accedimos a fuentes que dejaban a sus candidatos como creíbles.

Esperamos con este tipo de ejercicio avanzar en construir una práctica que lleve a los comandos a trabajar con umbrales altos de exigencia al escoger los datos con los que pretenden hacer una radiografía del país y elaborar propuestas. Por ahora, nos enfrentamos a dos que construían afirmaciones desde Wikipedia, como también, con contadas excepciones, a un uso pobre de fuentes primarias, tanto en su origen, selección e interpretación. 

Un comando, el equipo que sueña con construir un país junto a un candidato, debiese contar con investigadores que sean capaces de entregar un panorama del país y sus problemas, lo más certero posible. Un ejercicio de verificación como este, no sólo pone en juego la credibilidad de los candidatos, sino la capacidad de sus equipos de presentar problemas y concebir soluciones para Chile.

Es también una alerta al periodismo diario, que requiere trabajar también con fuentes primarias y no depender sólo de la cuña del día, para contra preguntar con información que exija más a quiénes deben responder los cuestionamientos.

 

Un no debate

Columna publicada en el diario La Segunda el 03-10-2017.

El llamado debate organizado por la Asociación Nacional de la Prensa
evidenció, desde la primera toma, que los ocho candidatos presidenciales no
debatirían. Figuritas de acción en la vitrina de una juguetería, de hombros
paralelos, con la vista hacia la audiencia y los periodistas que los
interrogarían en el Congreso Nacional.
La disposición de un examen de grado o, peor, de un pelotón de fusilamiento,
como si tuviesen que caer de a uno para que sólo una o un sobreviviente
pudiese llegar al 21 de mayo próximo, cuando pronunciará su primera cuenta
pública desde ese mismo lugar.
Si quienes están llamados a debatir no pueden siquiera mirarse a los ojos, las
posibilidades de interacción están bloqueadas. La televisión abierta abunda
en programas de entrevistas individuales a los candidatos. Ahí han surgido ya
las preguntas planteadas en esta semiconferencia de prensa, en formatos
más dinámicos y horarios variados, que no compiten con las teleseries.
La literatura sobre debates televisados coincide, desde la década de los 60
en adelante, en que una de las ventajas que ofrece esta instancia es
comparar las ideas y carácter de los contendores, aprovechando las cualidades emotivas del lenguaje televisivo para verlos desenvolverse en un
entorno desafiante.
Para conseguir esa comparación, el formato debe garantizar que los
candidatos planteen posturas sobre temáticas comunes, relevantes para los
votantes, que evidencien sus diferencias y visiones.
Los pocos contrastes bilaterales que ofreció este encuentro, en su mayoría
propiciados por iniciativa de los candidatos, fueron los que pudo rescatar la
prensa en escuálidas notas sobre tres o cuatro temas.
Esos fueron los escasos momentos de riesgo y espontaneidad de un espacio
que por antonomasia debiese mantener una tensión permanente si en cada
afirmación se está trazando el futuro del país.
Este encuentro no llegó a ser un evento mediático; su escasa audiencia
estuvo acorde con sus repercusiones y su imagen más memorable ni siquiera
la aportó la transmisión televisiva, sino una foto, compartida después en las
redes sociales, con uno de los candidatos dando la espalda mientras los
demás sonreían a una cámara. Un guiño de humor, la única emoción que
dejó este evento, además del tedio.

A la política chilena le falta poesía

Publicado en Medium el 05/06/2017.

Lo de Ossandón llega a ser caricaturesco, pero es transversal, aunque siempre habrá alguna excepción, tiene que ver con un aspecto cultural, eso que llaman el lenguaje de la política, que contamina, permea y absorbe, y que se manifiesta en ese ejercicio que parece tan obvio, pero que a la vez es tan desafiante, que es el de convertir la ideología en discurso.
Parece tan sencillo, elegir las palabras adecuadas entre múltiples opciones, para expresar claramente una idea. Una decisión adulta y consciente que se espera de cualquier persona que ha tenido el privilegio de educarse (como es aún en Chile). En esa selección hay una intención y también una definición de identidad. Si el discurso e ideología se condicen, yo soy también las palabras que elijo.
Grandes ideas, requieren grandes palabras. No será que las ideas que pregonan nuestros presidenciables, no están a la altura de un vocabulario más sofisticado que el de una jerga televisiva alimentado por la autocita, plagado de “yo dije” y “nunca dije”, cuya pobreza invita a la imprecisión y a las múltiples interpretaciones que se zambullen en la piscina de la ambigüedad donde flotan las salidas de contexto, las rectificaciones y los cambios de discurso, que fácilmente se limpian con el cloro y después de un par de vueltas por el filtro, parecen palabras nuevas.
En entrevistas y debates, las frases más que a un sueño o a una ambición de país, se asemejan a pachotadas urgentes, que dan cuenta de un país del suple, del parchecito, de lo que hay que arreglar, no de lo que estará mejor, de lo que queremos ser y cómo llegar a serlo. El terreno del debate y la conversación, se ha convertido en una mesa de negociaciones y desafíos. Quién da más y quién se atreve. Ellos hacen sus ofertas y articulan defensas, hablando acelerados, recitando el programa de memoria, pensando en la estrategia para salir mejor en la encuesta que viene. Pareciera que están ahí sentados hablándonos, pero ni siquiera le hablan a quién los interpela, se hablan a sí mismos, en un circuito cerrado de ideas que está constreñido por los resultados.
¿Hace cuánto que un candidato no nos inspira? ¿Que un discurso o su respuesta a una entrevista nos conduce a entender mejor el país que queremos y a soñarlo? ¿Hace cuánto que no nos invitan a creer, porque sus palabras son coherentes con sus ideas, tan claras, poderosas y cuidadosamente seleccionadas que sabemos que atrás de ellas no hay engaño ni intenciones acuosas dignas de perderse en la marea?
La lectura genera empatía, hay estudios que lo comprueban. Me pregunto si nuestros candidatos serán buenos lectores. En un país que llamamos de poetas, con dos premios Nobel, tenemos una clase política que ha logrado mantenerse al margen de esa tradición. Lo manifiestan sus metáforas banales, anécdotas de pobre narración y el ejemplo obvio usado como caso para argumentar, cuando ya no quedan datos.
No puedo dejar de preguntarme cuando los escucho: ¿Esta mujer o este hombre será capaz de conmoverse con Cosette, de entender la obsesión de Alonso Quijano, la inconformidad de Emma Bovary o los devaneos culposos de Raskolnikov? ¿De entrar en las mentes y corazones de otros seres humanos y de poner su interés por un momento de lado, para que esas vidas de otros los sorprendan, emocionen o enojen? ¿Para que las injusticias de los demás las vivan como propias? Visto así, leer una novela no es tan distinto a leer un país. A sentirlo, a pensarlo y a soñarlo.
Chilenos salen a las calles con gritos de ingenio, lienzos de colores con frases que sorprenden, rayados en las paredes que nos impactan y guardamos como fotografías en el teléfono, muestras de corazón y de creatividad que hablan del país que sueñan, manifestaciones concretas de imaginación que nos hacen sentir menos solos y que contrastan con las frases grises, los ejemplos torpes y la promesa generosa pero irresponsable de los candidatos. Cómo, entonces, no sentirnos solos.
Ahí está la desconexión.