A la política chilena le falta poesía

Publicado en Medium el 05/06/2017.

Lo de Ossandón llega a ser caricaturesco, pero es transversal, aunque siempre habrá alguna excepción, tiene que ver con un aspecto cultural, eso que llaman el lenguaje de la política, que contamina, permea y absorbe, y que se manifiesta en ese ejercicio que parece tan obvio, pero que a la vez es tan desafiante, que es el de convertir la ideología en discurso.
Parece tan sencillo, elegir las palabras adecuadas entre múltiples opciones, para expresar claramente una idea. Una decisión adulta y consciente que se espera de cualquier persona que ha tenido el privilegio de educarse (como es aún en Chile). En esa selección hay una intención y también una definición de identidad. Si el discurso e ideología se condicen, yo soy también las palabras que elijo.
Grandes ideas, requieren grandes palabras. No será que las ideas que pregonan nuestros presidenciables, no están a la altura de un vocabulario más sofisticado que el de una jerga televisiva alimentado por la autocita, plagado de “yo dije” y “nunca dije”, cuya pobreza invita a la imprecisión y a las múltiples interpretaciones que se zambullen en la piscina de la ambigüedad donde flotan las salidas de contexto, las rectificaciones y los cambios de discurso, que fácilmente se limpian con el cloro y después de un par de vueltas por el filtro, parecen palabras nuevas.
En entrevistas y debates, las frases más que a un sueño o a una ambición de país, se asemejan a pachotadas urgentes, que dan cuenta de un país del suple, del parchecito, de lo que hay que arreglar, no de lo que estará mejor, de lo que queremos ser y cómo llegar a serlo. El terreno del debate y la conversación, se ha convertido en una mesa de negociaciones y desafíos. Quién da más y quién se atreve. Ellos hacen sus ofertas y articulan defensas, hablando acelerados, recitando el programa de memoria, pensando en la estrategia para salir mejor en la encuesta que viene. Pareciera que están ahí sentados hablándonos, pero ni siquiera le hablan a quién los interpela, se hablan a sí mismos, en un circuito cerrado de ideas que está constreñido por los resultados.
¿Hace cuánto que un candidato no nos inspira? ¿Que un discurso o su respuesta a una entrevista nos conduce a entender mejor el país que queremos y a soñarlo? ¿Hace cuánto que no nos invitan a creer, porque sus palabras son coherentes con sus ideas, tan claras, poderosas y cuidadosamente seleccionadas que sabemos que atrás de ellas no hay engaño ni intenciones acuosas dignas de perderse en la marea?
La lectura genera empatía, hay estudios que lo comprueban. Me pregunto si nuestros candidatos serán buenos lectores. En un país que llamamos de poetas, con dos premios Nobel, tenemos una clase política que ha logrado mantenerse al margen de esa tradición. Lo manifiestan sus metáforas banales, anécdotas de pobre narración y el ejemplo obvio usado como caso para argumentar, cuando ya no quedan datos.
No puedo dejar de preguntarme cuando los escucho: ¿Esta mujer o este hombre será capaz de conmoverse con Cosette, de entender la obsesión de Alonso Quijano, la inconformidad de Emma Bovary o los devaneos culposos de Raskolnikov? ¿De entrar en las mentes y corazones de otros seres humanos y de poner su interés por un momento de lado, para que esas vidas de otros los sorprendan, emocionen o enojen? ¿Para que las injusticias de los demás las vivan como propias? Visto así, leer una novela no es tan distinto a leer un país. A sentirlo, a pensarlo y a soñarlo.
Chilenos salen a las calles con gritos de ingenio, lienzos de colores con frases que sorprenden, rayados en las paredes que nos impactan y guardamos como fotografías en el teléfono, muestras de corazón y de creatividad que hablan del país que sueñan, manifestaciones concretas de imaginación que nos hacen sentir menos solos y que contrastan con las frases grises, los ejemplos torpes y la promesa generosa pero irresponsable de los candidatos. Cómo, entonces, no sentirnos solos.
Ahí está la desconexión.

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