Conexiones y desconexiones en la ciudad

Columna y fotografías  publicada en la Revista Diálogos de la Universidad Católica en la edición de Diciembre 2018. Link a la revista completa.

Las fotos se pueden ver en mi cuenta de Instagram.

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Conexiones y desconexiones en la ciudad

El contraste está entre la velocidad del tren, que puede alcanzar los 120 kilómetros por hora —dependiendo del modelo— y los seres islas, estáticos, de cuellos flectados, con párpados que se abren y cierran en segundos para procesar la luz que entra por las pantallas.

Bajo la piel de los rostros tensos, la estructura ósea enjaula corazones que palpitan a la velocidad del 4G y poco se parecen a sus equivalentes simbólicos que viajan por el chat, en la red que conecta a los usuarios de Tokio, Japón.

Los datos se mueven mientras ellos se desplazan por la red de Metro de 13 líneas. En la masividad y el tranco acelerado hay una sensación de torbellino, pero disciplinado, donde se respetan las filas para subir a un vagón. Se debe parecer a estar en el futuro o, al menos, a lo que las películas nos han mostrado como futuro.

Al pasear por las estaciones y vagones del Metro de Tokio, aparecen también los prejuicios, los reportajes que nos llegan con frecuencia sobre los hikikomori, jóvenes que temen salir de sus casas buscando escapar de esa vorágine; o el más reciente,publicado por la revista The New Yorker, que da cuenta de una empresa que alquila familiares a personas solitarias; o aquellos hoteles en que pernoctan los oficinistas estresados hasta que su sistema nervioso se detiene frente al teclado de un computador.

Nociones que chocan con la de un país donde el esfuerzo colectivo, la honestidad y la cortesía se convierten en ideas exportables, como lo kawaii, la ternura inocente que se refleja en sus peluches de estética animé o los emoticones. Otra vez el contraste: una sociedad que le compartió al mundo las caritas felices y que nos ha conducido a educarnos en un lenguaje de símbolos. Es en este Metro, en el que todos se encuentran, donde se ve la distancia, la ausencia de contacto visual.

Es fácil quedarse con esa mirada del otro, de asumir esos prejuicios y leer desde ahí los rostros pegados a la pantalla o al hombre que abre su computador mientras espera la llegada del tren.

Pero los de esa descripción podríamos ser nosotros, los santiaguinos, que día a día tomamos el Metro y nos perdemos en mensajes, likes y etiquetas; los que tenemos extensas jornadas laborales, los que escapamos de la rutina sumando horas de Netflix y preferimos, según la encuesta Cadem, las letras que nos hablan por WhatsApp para informarnos. Quizás nos estamos acercando al futuro.

La pareja de quinceañeros que se toma de la mano en su primer pololeo, una madre con su hija en brazos o un niño que protege a su hermano menor, en el tren subterráneo de Tokio son la excepción, ese contacto que los seres humanos hemos practicado por siglos, ahora parece un futuro más desafiante.

Un no debate

Columna publicada en el diario La Segunda el 03-10-2017.

El llamado debate organizado por la Asociación Nacional de la Prensa
evidenció, desde la primera toma, que los ocho candidatos presidenciales no
debatirían. Figuritas de acción en la vitrina de una juguetería, de hombros
paralelos, con la vista hacia la audiencia y los periodistas que los
interrogarían en el Congreso Nacional.
La disposición de un examen de grado o, peor, de un pelotón de fusilamiento,
como si tuviesen que caer de a uno para que sólo una o un sobreviviente
pudiese llegar al 21 de mayo próximo, cuando pronunciará su primera cuenta
pública desde ese mismo lugar.
Si quienes están llamados a debatir no pueden siquiera mirarse a los ojos, las
posibilidades de interacción están bloqueadas. La televisión abierta abunda
en programas de entrevistas individuales a los candidatos. Ahí han surgido ya
las preguntas planteadas en esta semiconferencia de prensa, en formatos
más dinámicos y horarios variados, que no compiten con las teleseries.
La literatura sobre debates televisados coincide, desde la década de los 60
en adelante, en que una de las ventajas que ofrece esta instancia es
comparar las ideas y carácter de los contendores, aprovechando las cualidades emotivas del lenguaje televisivo para verlos desenvolverse en un
entorno desafiante.
Para conseguir esa comparación, el formato debe garantizar que los
candidatos planteen posturas sobre temáticas comunes, relevantes para los
votantes, que evidencien sus diferencias y visiones.
Los pocos contrastes bilaterales que ofreció este encuentro, en su mayoría
propiciados por iniciativa de los candidatos, fueron los que pudo rescatar la
prensa en escuálidas notas sobre tres o cuatro temas.
Esos fueron los escasos momentos de riesgo y espontaneidad de un espacio
que por antonomasia debiese mantener una tensión permanente si en cada
afirmación se está trazando el futuro del país.
Este encuentro no llegó a ser un evento mediático; su escasa audiencia
estuvo acorde con sus repercusiones y su imagen más memorable ni siquiera
la aportó la transmisión televisiva, sino una foto, compartida después en las
redes sociales, con uno de los candidatos dando la espalda mientras los
demás sonreían a una cámara. Un guiño de humor, la única emoción que
dejó este evento, además del tedio.

Una novela llamada Chile

Publicado en La Tercera el 12/06/2017.

Si los candidatos a la presidencia de Chile fuesen escritores, qué novela escribirían, cuál sería el imaginario de sus mundos creados, cuáles los finales felices y cuál el peor desenlace que podrían enfrentar los personajes. Si cada uno se planteara escribir una novela llamada Chile, con qué creaciones llegarían a los anaqueles de las librerías.

La retórica de los candidatos en programas de entrevistas y conversación, nos ha revelado a autores de escasa ambición por escribir la gran novela chilena. El relato de un país, nacido de la urgencia auténtica del autor por contar su versión de la historia con una voz propia, que a la vez representa a quienes lo apoyan, está más cercana a encargos editoriales retroactivos, donde importa más la foto de la contratapa y sumar una publicación a la bibliografía personal. Lo revelan así sus respuestas asimilables a las de un gasfíter que compite por presentar la mejor solución para reparar una cañería, antes que una narración inspiradora donde los chilenos encontremos la historia que nos merecemos.

Si nos concentráramos en los que ya están en la lista de los más vendidos, tendríamos obras variadas. Sebastián Piñera y Alejandro Guillier lucharían por encabezar el ranking, el primero con una autobiografía disfrazada de novela, que en apariencia trata sobre nosotros, pero cuyo protagonista es él, plagada de flash backs y raccontos, y calculadas omisiones por consejo y complicidad del editor.

El segundo, en cambio, escribiría una novela de suspenso, publicada en el formato de los folletines del siglo XIX. Una historia por entregas que por momentos pareciera clarificar el devenir de la trama, para luego dar un giro que nuevamente nos envuelve en la incertidumbre.

Ellos, claramente, publicarían con conglomerados editoriales de envergadura, aunque el segundo autor insistiría en que es un escritor sin esas presiones, sus libros se ofrecerían en supermercados y hasta llegarían a la cuneta en versiones pirata.

Más abajo en el ranking literario, estaría Beatriz Sánchez, autora de una novela por encargo, tras ser convocada por un equipo de editores jóvenes con ansias de publicar, pero sin un escritor con la trayectoria suficiente en su catálogo. Sería una novela de trama social, un drama naturalista, cuya estructura estaría predefinida, y que habría requerido una voz autoral más potente, tras encargarle la primera versión a Alberto Mayol, un escritor que no habría logrado acercarse a la lista de los best sellers con similar argumento y personajes.

Con apariciones en la prensa, pero menos impacto en librerías, Carolina Goic, Manuel José Ossandón y Felipe Kast tratarían de sumar algunos lectores. Goic con un libro que, si bien intentaría seguir los lineamientos de la novela, se acercaría más al ensayo, a una meta-novela sobre escribir, propia de una autora que afuera de su conglomerado editorial de siempre, habría encontrado nuevas libertades creativas, pero que aún estaría recalibrando su voz con ejercicios de estilo.

Ossandón habría anunciado una novela ambiciosa, pero en cambio el resultado sería un libro con errores gramaticales y de ortografía, de argumentos sonsos, personajes gruesos, abundantes escenas de acción (un capítulo se titularía: “Si hay que meter bala, hay que meter bala”), y sin espacio para adentrarse en complejidades como los fenómenos mundiales que podrían permear la trama.

Mientras que Kast, más cuidado en su estilo, privilegiaría una estructura con lógica interna, con algunos protagonistas más delineados, pero desapegada de la realidad de todos los personajes que busca retratar, con capítulos escritos con el objetivo de responder a las obras de los otros autores.

En todas estas versiones, ese libro llamado Chile, dudo por ahora que tendría el potencial de convertirse en un clásico, para después de la elección, trascender del canasto de los descuentos y continuar editándose en tapa dura para compartir repisa con otras novelas de autores como Winston Churchill o Barack Obama.

¿Qué podemos aprender del debate presidencial francés?

Publicado en La Tercera el 07/04/2017

La transmisión donde se encontraron los cinco candidatos a la presidencia del país galo llevó el título El gran debate, versión singular del mismo nombre que recibió informalmente el ciclo de debates entre Richard Nixon y John F. Kennedy en Estados Unidos en 1960.

En 2017 el canal privado de televisión TF1, optó por convertir el apelativo en un mandato, que en gran medida se logró gracias a decisiones formales de las cuales puede aprender Chile y otros países latinoamericanos que tienen una tradición más joven en la organización de debates presidenciales televisados.

La instancia fue ambiciosa en su dimensión temporal, duró tres horas que dieron la posibilidad a los contendores de desarrollar argumentos e ideas en un espacio equitativo para los cinco. Lo que se complementó de forma clave con un formato semi-estructurado con preguntas que guiaban los temas, pero que no determinaban el desenlace de la conversación, lo que dio a los candidatos la suficiente libertad para, efectivamente, debatir entre ellos.

Dos factores fueron fundamentales para lograr ese objetivo, el primero la decisión de que los moderadores cedieran mayor protagonismo a los candidatos, evitando antagonizar con ellos, lo que tuvo como ventaja que la conversación se mantuvo dentro de los temas establecidos. A diferencia de un formato más cercano a la entrevista, como estamos acostumbrados en Chile, que da más oportunidad a los periodistas de fiscalizar a los aspirantes a la presidencia, pero dispersa la agenda y tiende a ahondar en conflictos que han surgido durante la campaña que no dan cuenta del proyecto país.

La pauta se dividió en cuatro áreas temáticas: qué presidente serán para Francia, su modelo de sociedad, su modelo económico y qué lugar ocupará Francia en el Mundo. Esto hizo que la discusión permaneciera en la gran política. Aunque hubo momentos tensos, la mayoría protagonizados por Marine Le Pen, destacando sus desencuentros con Emmanuel Macron y François Fillon, que obtuvieron la atención posterior de la prensa, convivieron con la visión de país de cada presidenciable al estar enmarcados en áreas temáticas que exigían a los candidatos un compromiso con la audiencia, superior a su rivalidad.

La disposición circular del estudio de televisión, flanqueó a los candidatos con público en vivo, que representaba a los votantes a los que debían convencer, lo que estableció claramente la jerarquía del proceso democrático y, además, facilitó que los cinco aspirantes a la presidencia pudiesen todos mirarse a los ojos para que el intercambio condujera orgánicamente a las interpelaciones mutuas.

Lo más relevante, es que desde el comienzo el debate se tomó en serio como un evento mediático que tiene un carácter ritual que aporta al proceso democrático. Las imágenes iniciales para presentar a los candidatos donde aparecían arengando a las masas, equivalía a caballeros mostrando sus armas, detalle de intención épica, consciente de que el evento es también un documento de consulta histórica.

 

Crónica de Japón, India y Sri Lanka

Publicada en el sitio web de la Facultad de Comunicaciones UC el 9 de mayo de 2016.

La travesía asiática de jóvenes líderes chilenos

El profesor de la Facultad de Comunicaciones UC y editor de Km Cero, Enrique Núñez, fue selecionado para participar en el programa Barco de los Líderes de la Juventud, que incluyó un viaje por un mes y medio a algunos países de Asia junto a 229 jóvenes de diferentes lugares del mundo. La inicitiva fue certificada por la Universidad de Naciones Unidas. Este es su relato.

Por Enrique Núñez Mussa

Con el primer ministro Shinzo Abe

Eran los últimos días de calor. La humedad hacía que las poleras se pegaran a la piel tras escasos minutos en cubierta, pero había que aprovechar, nos acercábamos a Singapur y las puertas del barco se cerrarían durante cuatro noches. “Pirates”, eso nos dijeron. Era una medida preventiva para que las encarnaciones siglo XXI de Jack Sparrow no pudiesen ingresar a atolondrarnos más de lo que estábamos, tras casi un mes y medio de travesía.

Había que mirar el mar y la neblina gris que escondía el horizonte. Parado en la proa pensaba en qué habría más allá de esa pared de nubes, un espacio que parecía existir solo en el futuro. Lo único real era ese momento. Lo demás era confiar. No quedaba otra que cerrar los ojos y fiarse de la pericia del capitán para detectar el rumbo hacia un destino que nos parecía imposible distinguir en medio de la nada.

Pero si algo habíamos aprendido, era a perder el miedo y confiar. Nosotros, los 229, de 11 países diferentes. La mitad japoneses, el resto de delegaciones con 12 participantes de cada país, entre ellos la de Chile, una de la I región, dos de la IV, dos de la V, uno de la región XIV y seis de Santiago, de los cuáles uno era yo, que siete meses antes llenaba un formulario para postular a un programa que desconocía por completo: The Ship for World Youth Leaders o Barco de los Líderes de la Juventud.

Esos días en un Santiago invernal parecían fantasías de una dimensión paralela, nada tenía que ver la lluvia que me recibió cuando fui convocado a una entrevista en el Instituto Nacional de la Juventud con el aíre tibio, algo asfixiante de esa tarde de mar. Fui entrevistado por una persona del INJUV y otra de la Embajada de Japón, esta última entidad era la encargada de coordinar en Chile el programa creado y financiado por el gobierno japonés, para poner en contacto a jóvenes líderes de diferentes países del mundo en un ambiente interdisciplinario.

El que está en la proa aprendió a bailar cueca y es Líder Nacional Asistente de la Delegación. El que sale del INJUV y abre el paraguas esperará a saber si fue elegido y prefiere no imaginarse todavía en los destinos que contempla el viaje, lo único que sabe hasta el momento: Japón, India, Sri Lanka y Singapur.

El que está llegando a Singapur trabajó creando videos, sacando fotos, estructurando y haciendo el sonido e iluminación de una presentación nacional de 45 minutos para dar a conocer Chile y ayudó a todas las otras delegaciones en las suyas. El que se resguarda de la lluvia en Santiago y sube rápido a un taxi para llegar a la Facultad de Comunicaciones UC, donde es profesor, ni siquiera sabe cuántas horas de viaje hay entre Chile y Japón.

El que está en el Nippon Maru, crucero de siete pisos, donde comparte habitación con un participante de Emiratos Árabes y otro de Japón, sí sabe, lo tiene clarísimo, porque todavía recuerda el alivio que sintió al estirar las piernas cuando llegó al aeropuerto Narita de Tokio, donde lo esperaba un bus.

Experiencias asiáticas

Tokio nos recibió con sus luces fluorescentes para avisarnos que se trataba de una ciudad que se niega a aceptar la noche con sus restaurantes y tiendas abiertas las 24 hrs. El contraste lo descubriríamos en Iwate, una provincia tradicional del norte del país, donde junto a la delegación de Tanzania fuimos recibidos por familias japonesas que nos hospedaron en sus casas.

Entre la nieve y los campos de arroz, los Koga me introdujeron a la gastronomía japonesa y al sake, había que acostumbrarse, porque sería la dieta para gran parte del viaje. Después de un fin de semana durmiendo en tatami y trasladando mi higiene de una ducha a los baños públicos con aguas termales, regresamos a Tokio. Allí tendríamos dos semanas de preparación en el National Youth Center, donde se ubicó la Villa Olímpica de 1962.

En la capital japonesa, voy en un bus, llevo poncho y chupalla sobre las piernas. Estoy vestido de huaso, no lo hacía desde la educación básica. Ni esperaba volver a hacerlo. Tampoco esperaba que sería para esta ocasión. Voy camino a conocer al Primer Ministro de Japón, Shinzo Abe. Las indicaciones son: tener la cabeza descubierta y darle la mano. Estamos ordenados, Abe pasa rápido sin perder formalidad, su apretón de manos es fugaz, pero firme. Nos felicita. Nos sacamos la foto oficial y una selfie. Vamos de regreso en el bus y me acuerdo del camino de regreso al trabajo en esa mañana de lluvia.

El clima no dista mucho en Tokio. Hace frío, hay que usar al menos tres capas de ropa, aun así hay sol y el cielo está despejado, por lo que puedo apreciar una panorámica de la ciudad desde las instalaciones de FUJI TV, el canal privado más grande de Japón, donde me encuentro de visita como parte del curso Media and Information, facilitado por Mifuyu Shimizu, documentalista que trabaja para la estación. Ahí nos presentó a Thoshihiro Shimizu, director de un nuevo servicio de noticias 24 horas sólo por internet, que nos contó cómo se constituyen como un equipo pequeño e interdisciplinario: si es necesario todos pueden salir en cámara, grabar o switchear, una suerte de hermano menor del canal abierto, pero que se permite mayor interactividad y libertades editoriales. Se definen como una versión menos editada, porque privilegian la inmediatez.

Cada participante en el programa asistió a un curso basado en su experiencia profesional e intereses. En el de Media, ya en el barco nos preparamos para hacer un proyecto final. Ahí me hice amigo de Ruriko Kikushi, de Japón. En una conversación en clases compartió una frase que nos paralizó: “Nunca le he dicho: ‘te amo’, a mis padres”. Amor no tiene traducción al japonés. Eso nos condujo a comparar perspectivas y descubrir lo diferente que se entiende el concepto en cada cultura.

En el barco teníamos una oportunidad única para comparar y registrar cómo entendían el amor jóvenes de 11 países diferentes. Con esa intención, ideamos un corto documental, en el que entrevistamos a dos integrantes de cada delegación a partir de un cuestionario base que los desafió a salir de las definiciones obvias para explicar, por ejemplo, qué olor, qué sonido o de qué color es el amor.

Fue un privilegio dirigir ese proyecto, hacer la fotografía y la edición, lo que me permitió estar en todas las sesiones de entrevistas y aprender de cada una de las experiencias compartidas por los entrevistados. El documental, que llamamos The Love Project, está disponible en Youtube y se puede ver aquí

Aprendiz y superestrella

Registrar, documentar, tratar de que cada momento quede guardado. Tengo 200 gigas de fotos y videos. El viaje adquiere sentido en la medida que lo reporteo, en que pienso cuáles son las historias para contar. En la tarjeta de mi cámara están los contrastes de la India, las playas de Chennai con un mercado donde los niños hacen desnudos sus necesidades junto a las verduras y pescados en venta; la espiritualidad latente en las figuras religiosas frente a las puertas de las casas, donde las mujeres salen con sus hijos en brazos, me sonríen y me piden que las fotografíe; el elefante que bendice a los transeúntes con el toque de su trompa; los hoteles de lujo y el moderno centro comercial a pocas cuadras del templo, al que se debe entrar descalzo, para orar a alguna de las múltiples deidades tras las velas, y un grupo de mujeres, sentadas en el suelo, que comen los platos de arroz que les dio una institución de caridad.

En la India, el curso de medios fue invitado a Prasad, productora y escuela de cine, que entró al mercado americano digitalizando clásicos como Ben-Hur y Lo que el viento se llevó. El profesor y director de la escuela en Chennai, Venaktesh Chakravarthy, nos hizo un recorrido por la historia del cine hindú, del cual el conocido Bollywood es sólo un fragmento; y la profesora y cabeza de la sección de medios y entrenamiento, Uma Vangal, nos presentó los contrastes de un mercado cinematográfico segmentado por las diferencias culturales y religiosas dentro del país, que requiere que se filmen varias versiones de la misma historia, con elencos para cada audiencia y ajustes al guion para hacerlo más conservador, dependiendo del público al que vaya dirigido.

Hasta India, el viaje ya tenía bastante de realismo mágico, pero en Colombo, la capital de Sri Lanka, los días adquirieron un tono Macondiano: la banda de música y los bailarines acrobáticos que nos recibieron en cada lugar o la fila interminable de personas alineadas que formaban una pared esperando para saludarnos, mientras cada uno de nosotros recibía un coco perforado con una bombilla.

En el curso de medios visitamos el canal de televisión Independent Television Network, el más importante del país, sin embargo nosotros fuimos la noticia, las cámaras nos seguían y en un pequeño cine, nos mostraron en vivo el noticiero de las 10.30 am que daba cuenta de nuestra llegada a las instalaciones. Cuando detuvieron la grabación de la teleserie, no era fácil determinar si nosotros nos estábamos sacando fotos con los actores o ellos con nosotros.

En Sri Lanka, la nación de los Budas enormes, una familia nos recibió por un día y nos enseñó sus tradiciones: a comer con la mano, se hace una cuchara con los dedos y se empuja el alimento como una bolita con el pulgar. La visita al templo, que era fundamental, y el traje blanco que era requisito. Con la ayuda de un vecino, nos amarraron las faldas a la cintura. Nos abotonamos el cuello hasta arriba y luchamos contra el sudor tropical. El país tiene algo de paradisiaco y cuesta imaginar su lucha reciente para derrotar el terrorismo brutal de los Tigres Tamiles y superar una guerra civil.

Profesor por siempre

Cuando no nos sorprendíamos con las actividades en los países donde el barco se detenía, pasábamos días navegando en los que algunas de las actividades las organizábamos nosotros. La vocación llama y como no pude dejar de ser periodista, tampoco me pude desligar de la docencia. Muchos de los participantes compraron cámaras de fotos en el viaje, por ejemplo, la delegación completa de Sri Lanka; pero noté que varios las usaban en modo automático, por lo tanto organicé un curso de fotografía donde les enseñé conceptos básicos y a utilizar las funciones manuales de su cámara.

Una de las instancias académicas más relevantes en el barco eran los Seminars, instancia en que los participantes podíamos proponer una clase sobre nuestras áreas de experticia. Con cerca de 40 asistentes, hice una clase sobre storytelling basada en una de las clases del curso que imparto en la Facultad, Taller de Edición en Prensa. El desafío fue adaptarlo a un público general, que terminó compartiendo relatos en los que aplicaron técnicas narrativas.

Ellos contaron sus historias y yo ahí en la cubierta pensaba en la mía, en el Santiago lluvioso de hacía meses, en los días que habían pasado y en los que quedaban. No sabía si podría volver a sorprenderme después de esos estímulos. Quizás si nos invadieran los piratas, pensaba. Pero no hizo falta tanta acción para revitalizar nuestra capacidad de asombro. Cuando el calor se alejó y el frío nos indicó que Tokio se acercaba, la marea nos quiso dar una última sacudida, un permanente terremoto de siete grados las 24 horas. Sólo las pastillas contra el mareo nos permitieron seguir funcionando. Pero el mar también nos guardaba un regalo, la sorpresa final. Una mañana al desayuno, alguien gritó: “Dolphins”, y unos delfines pasaron nadando a nuestro lado, venían a decir adiós e imagino a desearnos suerte en lo que llegásemos a encontrar en el horizonte, atrás de la neblina.

Factchecking, el protagonista

Publicado en La Segunda el 28/09/2016

En una entrevista en CNN, Janet Brown, la jefa de la Comisión de Debates Presidenciales en EE.UU., opinó que los moderadores no debían concentrarse en hacer “factchecking”,  o revisión de los datos que los candidatos entregan al aire durante el encuentro. Dijo que podía distraer del objetivo, que los contendores debían chequearse entre ellos y que el moderador no debía actuar como la Enciclopedia Británica. El conflicto nace cuando los roles de moderador y periodista se fusionan sin límites claros. El moderador debe asegurar que se cumplan las reglas, mientras el periodista ha seguido la campaña y maneja información que puede fácilmente contrastar con lo que dice un candidato, además de tener oficio como entrevistador para hacer contrapreguntas oportunas. Los periodistas fueron incluidos en debates presidenciales televisados en 1960, en la campaña entre Richard Nixon y John F. Kennedy, porque los comandos querían evitar una confrontación directa entre los candidatos. Desde entonces, el periodista aporta una agenda a la instancia que no es la que intentan imponer los candidatos y que debiese estar en sintonía con la del votante. En el debate del lunes, el periodista Lester Holt, de NBC, encargado de moderar, definió su rol al comienzo de la jornada, expresando que sería un facilitador de la conversación y fue muy cauteloso en sus intervenciones para chequear información en vivo, dejando pasar errores. El candidato Donald Trump ha sido poco fiable durante toda la campaña y su reputación generaba expectativas de que se fiscalizara la veracidad de sus dichos. Eso explica que el chequeo de datos haya sido la respuesta del periodismo, en esta elección, para enfrentar la necesidad que tienen los votantes de confiar en los candidatos. El debate fue seguido por diversos portales que verificaron cada frase. Por ejemplo, el “factchecking” en vivo que hizo la NPR fue desarrollado por 20 periodistas y tuvo más de seis millones de visitas. Lo fundamental es que la verificación de información, ya sea en un medio periodístico o ejecutada por el moderador al aire, no se quede sólo en la obsesión por el dato o “facticity”, ni se vuelva un ejercicio de cifras. El objetivo es que acontezca lo que en inglés se llama “accountability” (el candidato debe responsabilizarse de sus palabras y acciones) y así el elector pueda discernir si amerita su voto.

La campaña del ingenio

Publicado en La Segunda el 14/10/20016

Las elecciones municipales ponen al barrio en agenda y con ello una nostalgia de la que carecen otras contiendas electorales. Sin la mediatización permanente de los candidatos a concejales y alcaldes, que ocurre sólo en casos excepcionales, la conquista de los votos entra en los códigos de las campañas premodernas —preeminentes hasta la década de los cincuenta, cuando se comienza a masificar la televisión—, que se concentran en el contacto directo entre candidato y elector. Caracterizadas por su impacto en universos de votantes reducidos y porque cuentan con candidatos en su mayoría desconocidos para el electorado, ya sea porque comienzan su carrera política o porque no han tenido exposición masiva, la campaña premoderna es más una competencia de partidos que de candidatos, en sectores que suelen tener tendencias predecibles en su sufragio. La elección de 2016, sin embargo, ha hecho evidente la crisis de confianza hacia los partidos políticos. En estas contiendas era habitual el voto dirigido a una colectividad, lo que permitía a algunos ediles permanecer en sus cargos como protagonistas de novelas de realismo mágico, y desplegar campañas que eran de posición política para mantener un voto que consideraban propio. Ahora, sin embargo, se ha pasado a una campaña de conquista, en que los partidos han tenido que reaccionar personalizando sus apuestas con candidatos que ya cuentan con visibilidad mediática, como políticos de trayectoria, ex participantes de realities y bailarines de televisión. Se trata de un intento por ahorrarse el proceso de posicionamiento de los candidatos menos conocidos. Estos, a su vez, han debido recurrir a mecanismos de mayor o menor ingenio, dependiendo de sus capacidades creativas, para que sus electores sepan quiénes son y puedan confiar en ellos. Medidas ansiosas como aparecer photoshopeado junto al Presidente de los Estados Unidos u otras que recurren a un abierto sentido del humor, como reemplazar un cartel roto con el candidato de carne y hueso, tener mascotas de espuma, eslóganes picarones y memes han sido parte del repertorio. Además de los puerta a puerta vecinales, se intenta de soslayo tocar el timbre de los medios masivos, y en su defecto, al menos conseguir un efectivo clic a clic.

Que no nos falte calle

Publicado en La Tercera el 20/12/2016

Estamos viviendo en el margen de error. Fuimos víctimas del factor humano que se enfrentó a las métricas y las estadísticas. Las encuestas, en que tanto confiamos, nos fallaron en 2016 y los periodistas quedamos con el despecho de los traicionados, buscando una y otra explicación.

La periodista de CNN Christiane Amanpour, en un discurso en los International Press Freedom Awards de este año, contó una anécdota. Ella estaba reporteando las elecciones de Irán en 1997, en las que resultó electo de forma inesperada el candidato reformista Mohammad Khatami, y relató que pudo predecir al ganador con un ejercicio sencillo: salió a la calle y habló con la gente.

La historia es decidora de la actitud que suele tomar la prensa en la cobertura de elecciones, al considerar las encuestas el único predictor del resultado y no una fuente más. Es una alternativa tentadora para el periodismo, porque en apariencia, al estar concentrada en datos, pretende ser objetiva y permite construir una narración atractiva de perdedores y ganadores. Sin embargo, como quedó demostrado con los triunfos del Brexit y de Trump, las encuestas se equivocan, no siempre son representativas y hay que plantearse escépticos a las metodologías con las que fueron elaboradas.

Similar es lo que ocurrió con la obsesión por el factchecking o verificación de datos. Como pocas veces, un candidato fue sometido a chequeos de datos tan meticulosos por los medios de comunicación como Trump, que evidenciaron que mentía con descaro, pero igual salió electo.

Hay una señal de alerta en eso, de qué nos sirven los resultados de las encuestas y un factchecking detallado, si no somos capaces de conectar con la realidad, de llegar a los lectores y de usar esa información como un antecedente para construir historias más complejas, que den cuenta de las sutilezas dentro de una sociedad, de los votantes duros, los indecisos, los que desconfían y de sus preocupaciones.

Lo cuantitativo es un antecedente, pero cuando estamos en un contexto periodístico narrando la realidad de un país, considerando sus matices y diversidad, los elementos cualitativos son fundamentales. Un artículo del Washington Post, sugería que para recuperarse de lo que calificaba como el “desastre” de las encuestas, había que cruzar esos datos con fuentes adicionales, por ejemplo, el contenido de las redes sociales. Más sencillo aún, es salir del reporteo de escritorio, dejando los zapatos en la calle.

En Chile nos acercamos a una elección presidencial y tenemos la oportunidad de salir a buscar esas historias. De no quedarnos en la dependencia de la encuesta CEP o Cependencia, que en la elección presidencial anterior, condicionó el reporteo y la forma en que fueron tratados los candidatos, según sus resultados: en los debates algunos recibieron preguntas que daban por hecho su derrota.
Ya los medios están levantando precandidatos, que están recibiendo una cobertura mayor, solo porque los números de las encuestas los ampararon. Se les está dando espacio y visibilidad.

Corremos el riesgo de deslegitimar a los que no están en los sondeos, y si no vemos cuál es el rango de acción real de todos los candidatos, quiénes son sus seguidores, qué buscan y en qué creen, podemos terminar subestimando el potencial de algunos y perder de vista el país que estamos retratando.

Para que no nos siga maltratando la posverdad, sugiero retornar a un objetivo tan esencial como desafiante, salgamos a reportear intentando acercarnos lo más posible a la verdad.