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¿Qué podemos aprender del debate presidencial francés?

Publicado en La Tercera el 07/04/2017

La transmisión donde se encontraron los cinco candidatos a la presidencia del país galo llevó el título El gran debate, versión singular del mismo nombre que recibió informalmente el ciclo de debates entre Richard Nixon y John F. Kennedy en Estados Unidos en 1960.

En 2017 el canal privado de televisión TF1, optó por convertir el apelativo en un mandato, que en gran medida se logró gracias a decisiones formales de las cuales puede aprender Chile y otros países latinoamericanos que tienen una tradición más joven en la organización de debates presidenciales televisados.

La instancia fue ambiciosa en su dimensión temporal, duró tres horas que dieron la posibilidad a los contendores de desarrollar argumentos e ideas en un espacio equitativo para los cinco. Lo que se complementó de forma clave con un formato semi-estructurado con preguntas que guiaban los temas, pero que no determinaban el desenlace de la conversación, lo que dio a los candidatos la suficiente libertad para, efectivamente, debatir entre ellos.

Dos factores fueron fundamentales para lograr ese objetivo, el primero la decisión de que los moderadores cedieran mayor protagonismo a los candidatos, evitando antagonizar con ellos, lo que tuvo como ventaja que la conversación se mantuvo dentro de los temas establecidos. A diferencia de un formato más cercano a la entrevista, como estamos acostumbrados en Chile, que da más oportunidad a los periodistas de fiscalizar a los aspirantes a la presidencia, pero dispersa la agenda y tiende a ahondar en conflictos que han surgido durante la campaña que no dan cuenta del proyecto país.

La pauta se dividió en cuatro áreas temáticas: qué presidente serán para Francia, su modelo de sociedad, su modelo económico y qué lugar ocupará Francia en el Mundo. Esto hizo que la discusión permaneciera en la gran política. Aunque hubo momentos tensos, la mayoría protagonizados por Marine Le Pen, destacando sus desencuentros con Emmanuel Macron y François Fillon, que obtuvieron la atención posterior de la prensa, convivieron con la visión de país de cada presidenciable al estar enmarcados en áreas temáticas que exigían a los candidatos un compromiso con la audiencia, superior a su rivalidad.

La disposición circular del estudio de televisión, flanqueó a los candidatos con público en vivo, que representaba a los votantes a los que debían convencer, lo que estableció claramente la jerarquía del proceso democrático y, además, facilitó que los cinco aspirantes a la presidencia pudiesen todos mirarse a los ojos para que el intercambio condujera orgánicamente a las interpelaciones mutuas.

Lo más relevante, es que desde el comienzo el debate se tomó en serio como un evento mediático que tiene un carácter ritual que aporta al proceso democrático. Las imágenes iniciales para presentar a los candidatos donde aparecían arengando a las masas, equivalía a caballeros mostrando sus armas, detalle de intención épica, consciente de que el evento es también un documento de consulta histórica.

 

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Crónica de Japón, India y Sri Lanka

Publicada en el sitio web de la Facultad de Comunicaciones UC el 9 de mayo de 2016.

La travesía asiática de jóvenes líderes chilenos

El profesor de la Facultad de Comunicaciones UC y editor de Km Cero, Enrique Núñez, fue selecionado para participar en el programa Barco de los Líderes de la Juventud, que incluyó un viaje por un mes y medio a algunos países de Asia junto a 229 jóvenes de diferentes lugares del mundo. La inicitiva fue certificada por la Universidad de Naciones Unidas. Este es su relato.

Por Enrique Núñez Mussa

Con el primer ministro Shinzo Abe

Eran los últimos días de calor. La humedad hacía que las poleras se pegaran a la piel tras escasos minutos en cubierta, pero había que aprovechar, nos acercábamos a Singapur y las puertas del barco se cerrarían durante cuatro noches. “Pirates”, eso nos dijeron. Era una medida preventiva para que las encarnaciones siglo XXI de Jack Sparrow no pudiesen ingresar a atolondrarnos más de lo que estábamos, tras casi un mes y medio de travesía.

Había que mirar el mar y la neblina gris que escondía el horizonte. Parado en la proa pensaba en qué habría más allá de esa pared de nubes, un espacio que parecía existir solo en el futuro. Lo único real era ese momento. Lo demás era confiar. No quedaba otra que cerrar los ojos y fiarse de la pericia del capitán para detectar el rumbo hacia un destino que nos parecía imposible distinguir en medio de la nada.

Pero si algo habíamos aprendido, era a perder el miedo y confiar. Nosotros, los 229, de 11 países diferentes. La mitad japoneses, el resto de delegaciones con 12 participantes de cada país, entre ellos la de Chile, una de la I región, dos de la IV, dos de la V, uno de la región XIV y seis de Santiago, de los cuáles uno era yo, que siete meses antes llenaba un formulario para postular a un programa que desconocía por completo: The Ship for World Youth Leaders o Barco de los Líderes de la Juventud.

Esos días en un Santiago invernal parecían fantasías de una dimensión paralela, nada tenía que ver la lluvia que me recibió cuando fui convocado a una entrevista en el Instituto Nacional de la Juventud con el aíre tibio, algo asfixiante de esa tarde de mar. Fui entrevistado por una persona del INJUV y otra de la Embajada de Japón, esta última entidad era la encargada de coordinar en Chile el programa creado y financiado por el gobierno japonés, para poner en contacto a jóvenes líderes de diferentes países del mundo en un ambiente interdisciplinario.

El que está en la proa aprendió a bailar cueca y es Líder Nacional Asistente de la Delegación. El que sale del INJUV y abre el paraguas esperará a saber si fue elegido y prefiere no imaginarse todavía en los destinos que contempla el viaje, lo único que sabe hasta el momento: Japón, India, Sri Lanka y Singapur.

El que está llegando a Singapur trabajó creando videos, sacando fotos, estructurando y haciendo el sonido e iluminación de una presentación nacional de 45 minutos para dar a conocer Chile y ayudó a todas las otras delegaciones en las suyas. El que se resguarda de la lluvia en Santiago y sube rápido a un taxi para llegar a la Facultad de Comunicaciones UC, donde es profesor, ni siquiera sabe cuántas horas de viaje hay entre Chile y Japón.

El que está en el Nippon Maru, crucero de siete pisos, donde comparte habitación con un participante de Emiratos Árabes y otro de Japón, sí sabe, lo tiene clarísimo, porque todavía recuerda el alivio que sintió al estirar las piernas cuando llegó al aeropuerto Narita de Tokio, donde lo esperaba un bus.

Experiencias asiáticas

Tokio nos recibió con sus luces fluorescentes para avisarnos que se trataba de una ciudad que se niega a aceptar la noche con sus restaurantes y tiendas abiertas las 24 hrs. El contraste lo descubriríamos en Iwate, una provincia tradicional del norte del país, donde junto a la delegación de Tanzania fuimos recibidos por familias japonesas que nos hospedaron en sus casas.

Entre la nieve y los campos de arroz, los Koga me introdujeron a la gastronomía japonesa y al sake, había que acostumbrarse, porque sería la dieta para gran parte del viaje. Después de un fin de semana durmiendo en tatami y trasladando mi higiene de una ducha a los baños públicos con aguas termales, regresamos a Tokio. Allí tendríamos dos semanas de preparación en el National Youth Center, donde se ubicó la Villa Olímpica de 1962.

En la capital japonesa, voy en un bus, llevo poncho y chupalla sobre las piernas. Estoy vestido de huaso, no lo hacía desde la educación básica. Ni esperaba volver a hacerlo. Tampoco esperaba que sería para esta ocasión. Voy camino a conocer al Primer Ministro de Japón, Shinzo Abe. Las indicaciones son: tener la cabeza descubierta y darle la mano. Estamos ordenados, Abe pasa rápido sin perder formalidad, su apretón de manos es fugaz, pero firme. Nos felicita. Nos sacamos la foto oficial y una selfie. Vamos de regreso en el bus y me acuerdo del camino de regreso al trabajo en esa mañana de lluvia.

El clima no dista mucho en Tokio. Hace frío, hay que usar al menos tres capas de ropa, aun así hay sol y el cielo está despejado, por lo que puedo apreciar una panorámica de la ciudad desde las instalaciones de FUJI TV, el canal privado más grande de Japón, donde me encuentro de visita como parte del curso Media and Information, facilitado por Mifuyu Shimizu, documentalista que trabaja para la estación. Ahí nos presentó a Thoshihiro Shimizu, director de un nuevo servicio de noticias 24 horas sólo por internet, que nos contó cómo se constituyen como un equipo pequeño e interdisciplinario: si es necesario todos pueden salir en cámara, grabar o switchear, una suerte de hermano menor del canal abierto, pero que se permite mayor interactividad y libertades editoriales. Se definen como una versión menos editada, porque privilegian la inmediatez.

Cada participante en el programa asistió a un curso basado en su experiencia profesional e intereses. En el de Media, ya en el barco nos preparamos para hacer un proyecto final. Ahí me hice amigo de Ruriko Kikushi, de Japón. En una conversación en clases compartió una frase que nos paralizó: “Nunca le he dicho: ‘te amo’, a mis padres”. Amor no tiene traducción al japonés. Eso nos condujo a comparar perspectivas y descubrir lo diferente que se entiende el concepto en cada cultura.

En el barco teníamos una oportunidad única para comparar y registrar cómo entendían el amor jóvenes de 11 países diferentes. Con esa intención, ideamos un corto documental, en el que entrevistamos a dos integrantes de cada delegación a partir de un cuestionario base que los desafió a salir de las definiciones obvias para explicar, por ejemplo, qué olor, qué sonido o de qué color es el amor.

Fue un privilegio dirigir ese proyecto, hacer la fotografía y la edición, lo que me permitió estar en todas las sesiones de entrevistas y aprender de cada una de las experiencias compartidas por los entrevistados. El documental, que llamamos The Love Project, está disponible en Youtube y se puede ver aquí

Aprendiz y superestrella

Registrar, documentar, tratar de que cada momento quede guardado. Tengo 200 gigas de fotos y videos. El viaje adquiere sentido en la medida que lo reporteo, en que pienso cuáles son las historias para contar. En la tarjeta de mi cámara están los contrastes de la India, las playas de Chennai con un mercado donde los niños hacen desnudos sus necesidades junto a las verduras y pescados en venta; la espiritualidad latente en las figuras religiosas frente a las puertas de las casas, donde las mujeres salen con sus hijos en brazos, me sonríen y me piden que las fotografíe; el elefante que bendice a los transeúntes con el toque de su trompa; los hoteles de lujo y el moderno centro comercial a pocas cuadras del templo, al que se debe entrar descalzo, para orar a alguna de las múltiples deidades tras las velas, y un grupo de mujeres, sentadas en el suelo, que comen los platos de arroz que les dio una institución de caridad.

En la India, el curso de medios fue invitado a Prasad, productora y escuela de cine, que entró al mercado americano digitalizando clásicos como Ben-Hur y Lo que el viento se llevó. El profesor y director de la escuela en Chennai, Venaktesh Chakravarthy, nos hizo un recorrido por la historia del cine hindú, del cual el conocido Bollywood es sólo un fragmento; y la profesora y cabeza de la sección de medios y entrenamiento, Uma Vangal, nos presentó los contrastes de un mercado cinematográfico segmentado por las diferencias culturales y religiosas dentro del país, que requiere que se filmen varias versiones de la misma historia, con elencos para cada audiencia y ajustes al guion para hacerlo más conservador, dependiendo del público al que vaya dirigido.

Hasta India, el viaje ya tenía bastante de realismo mágico, pero en Colombo, la capital de Sri Lanka, los días adquirieron un tono Macondiano: la banda de música y los bailarines acrobáticos que nos recibieron en cada lugar o la fila interminable de personas alineadas que formaban una pared esperando para saludarnos, mientras cada uno de nosotros recibía un coco perforado con una bombilla.

En el curso de medios visitamos el canal de televisión Independent Television Network, el más importante del país, sin embargo nosotros fuimos la noticia, las cámaras nos seguían y en un pequeño cine, nos mostraron en vivo el noticiero de las 10.30 am que daba cuenta de nuestra llegada a las instalaciones. Cuando detuvieron la grabación de la teleserie, no era fácil determinar si nosotros nos estábamos sacando fotos con los actores o ellos con nosotros.

En Sri Lanka, la nación de los Budas enormes, una familia nos recibió por un día y nos enseñó sus tradiciones: a comer con la mano, se hace una cuchara con los dedos y se empuja el alimento como una bolita con el pulgar. La visita al templo, que era fundamental, y el traje blanco que era requisito. Con la ayuda de un vecino, nos amarraron las faldas a la cintura. Nos abotonamos el cuello hasta arriba y luchamos contra el sudor tropical. El país tiene algo de paradisiaco y cuesta imaginar su lucha reciente para derrotar el terrorismo brutal de los Tigres Tamiles y superar una guerra civil.

Profesor por siempre

Cuando no nos sorprendíamos con las actividades en los países donde el barco se detenía, pasábamos días navegando en los que algunas de las actividades las organizábamos nosotros. La vocación llama y como no pude dejar de ser periodista, tampoco me pude desligar de la docencia. Muchos de los participantes compraron cámaras de fotos en el viaje, por ejemplo, la delegación completa de Sri Lanka; pero noté que varios las usaban en modo automático, por lo tanto organicé un curso de fotografía donde les enseñé conceptos básicos y a utilizar las funciones manuales de su cámara.

Una de las instancias académicas más relevantes en el barco eran los Seminars, instancia en que los participantes podíamos proponer una clase sobre nuestras áreas de experticia. Con cerca de 40 asistentes, hice una clase sobre storytelling basada en una de las clases del curso que imparto en la Facultad, Taller de Edición en Prensa. El desafío fue adaptarlo a un público general, que terminó compartiendo relatos en los que aplicaron técnicas narrativas.

Ellos contaron sus historias y yo ahí en la cubierta pensaba en la mía, en el Santiago lluvioso de hacía meses, en los días que habían pasado y en los que quedaban. No sabía si podría volver a sorprenderme después de esos estímulos. Quizás si nos invadieran los piratas, pensaba. Pero no hizo falta tanta acción para revitalizar nuestra capacidad de asombro. Cuando el calor se alejó y el frío nos indicó que Tokio se acercaba, la marea nos quiso dar una última sacudida, un permanente terremoto de siete grados las 24 horas. Sólo las pastillas contra el mareo nos permitieron seguir funcionando. Pero el mar también nos guardaba un regalo, la sorpresa final. Una mañana al desayuno, alguien gritó: “Dolphins”, y unos delfines pasaron nadando a nuestro lado, venían a decir adiós e imagino a desearnos suerte en lo que llegásemos a encontrar en el horizonte, atrás de la neblina.

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V Panorama del Audiovisual Chileno

 

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Edité el libro y, además, escribí el capítulo sobre animación del V Panorama del Audiovisual Chileno, un mapa de la industria audiovisual en 2014 y 2015.

Disponible para descarga en este link.

Más detalles sobre el proyecto en esta nota publicada por la Facultad de Comunicaciones UC.

 

 

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Factchecking, el protagonista

Publicado en La Segunda el 28/09/2016

En una entrevista en CNN, Janet Brown, la jefa de la Comisión de Debates Presidenciales en EE.UU., opinó que los moderadores no debían concentrarse en hacer “factchecking”,  o revisión de los datos que los candidatos entregan al aire durante el encuentro. Dijo que podía distraer del objetivo, que los contendores debían chequearse entre ellos y que el moderador no debía actuar como la Enciclopedia Británica. El conflicto nace cuando los roles de moderador y periodista se fusionan sin límites claros. El moderador debe asegurar que se cumplan las reglas, mientras el periodista ha seguido la campaña y maneja información que puede fácilmente contrastar con lo que dice un candidato, además de tener oficio como entrevistador para hacer contrapreguntas oportunas. Los periodistas fueron incluidos en debates presidenciales televisados en 1960, en la campaña entre Richard Nixon y John F. Kennedy, porque los comandos querían evitar una confrontación directa entre los candidatos. Desde entonces, el periodista aporta una agenda a la instancia que no es la que intentan imponer los candidatos y que debiese estar en sintonía con la del votante. En el debate del lunes, el periodista Lester Holt, de NBC, encargado de moderar, definió su rol al comienzo de la jornada, expresando que sería un facilitador de la conversación y fue muy cauteloso en sus intervenciones para chequear información en vivo, dejando pasar errores. El candidato Donald Trump ha sido poco fiable durante toda la campaña y su reputación generaba expectativas de que se fiscalizara la veracidad de sus dichos. Eso explica que el chequeo de datos haya sido la respuesta del periodismo, en esta elección, para enfrentar la necesidad que tienen los votantes de confiar en los candidatos. El debate fue seguido por diversos portales que verificaron cada frase. Por ejemplo, el “factchecking” en vivo que hizo la NPR fue desarrollado por 20 periodistas y tuvo más de seis millones de visitas. Lo fundamental es que la verificación de información, ya sea en un medio periodístico o ejecutada por el moderador al aire, no se quede sólo en la obsesión por el dato o “facticity”, ni se vuelva un ejercicio de cifras. El objetivo es que acontezca lo que en inglés se llama “accountability” (el candidato debe responsabilizarse de sus palabras y acciones) y así el elector pueda discernir si amerita su voto.

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La campaña del ingenio

Publicado en La Segunda el 14/10/20016

Las elecciones municipales ponen al barrio en agenda y con ello una nostalgia de la que carecen otras contiendas electorales. Sin la mediatización permanente de los candidatos a concejales y alcaldes, que ocurre sólo en casos excepcionales, la conquista de los votos entra en los códigos de las campañas premodernas —preeminentes hasta la década de los cincuenta, cuando se comienza a masificar la televisión—, que se concentran en el contacto directo entre candidato y elector. Caracterizadas por su impacto en universos de votantes reducidos y porque cuentan con candidatos en su mayoría desconocidos para el electorado, ya sea porque comienzan su carrera política o porque no han tenido exposición masiva, la campaña premoderna es más una competencia de partidos que de candidatos, en sectores que suelen tener tendencias predecibles en su sufragio. La elección de 2016, sin embargo, ha hecho evidente la crisis de confianza hacia los partidos políticos. En estas contiendas era habitual el voto dirigido a una colectividad, lo que permitía a algunos ediles permanecer en sus cargos como protagonistas de novelas de realismo mágico, y desplegar campañas que eran de posición política para mantener un voto que consideraban propio. Ahora, sin embargo, se ha pasado a una campaña de conquista, en que los partidos han tenido que reaccionar personalizando sus apuestas con candidatos que ya cuentan con visibilidad mediática, como políticos de trayectoria, ex participantes de realities y bailarines de televisión. Se trata de un intento por ahorrarse el proceso de posicionamiento de los candidatos menos conocidos. Estos, a su vez, han debido recurrir a mecanismos de mayor o menor ingenio, dependiendo de sus capacidades creativas, para que sus electores sepan quiénes son y puedan confiar en ellos. Medidas ansiosas como aparecer photoshopeado junto al Presidente de los Estados Unidos u otras que recurren a un abierto sentido del humor, como reemplazar un cartel roto con el candidato de carne y hueso, tener mascotas de espuma, eslóganes picarones y memes han sido parte del repertorio. Además de los puerta a puerta vecinales, se intenta de soslayo tocar el timbre de los medios masivos, y en su defecto, al menos conseguir un efectivo clic a clic.

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Que no nos falte calle

Publicado en La Tercera el 20/12/2016

Estamos viviendo en el margen de error. Fuimos víctimas del factor humano que se enfrentó a las métricas y las estadísticas. Las encuestas, en que tanto confiamos, nos fallaron en 2016 y los periodistas quedamos con el despecho de los traicionados, buscando una y otra explicación.

La periodista de CNN Christiane Amanpour, en un discurso en los International Press Freedom Awards de este año, contó una anécdota. Ella estaba reporteando las elecciones de Irán en 1997, en las que resultó electo de forma inesperada el candidato reformista Mohammad Khatami, y relató que pudo predecir al ganador con un ejercicio sencillo: salió a la calle y habló con la gente.

La historia es decidora de la actitud que suele tomar la prensa en la cobertura de elecciones, al considerar las encuestas el único predictor del resultado y no una fuente más. Es una alternativa tentadora para el periodismo, porque en apariencia, al estar concentrada en datos, pretende ser objetiva y permite construir una narración atractiva de perdedores y ganadores. Sin embargo, como quedó demostrado con los triunfos del Brexit y de Trump, las encuestas se equivocan, no siempre son representativas y hay que plantearse escépticos a las metodologías con las que fueron elaboradas.

Similar es lo que ocurrió con la obsesión por el factchecking o verificación de datos. Como pocas veces, un candidato fue sometido a chequeos de datos tan meticulosos por los medios de comunicación como Trump, que evidenciaron que mentía con descaro, pero igual salió electo.

Hay una señal de alerta en eso, de qué nos sirven los resultados de las encuestas y un factchecking detallado, si no somos capaces de conectar con la realidad, de llegar a los lectores y de usar esa información como un antecedente para construir historias más complejas, que den cuenta de las sutilezas dentro de una sociedad, de los votantes duros, los indecisos, los que desconfían y de sus preocupaciones.

Lo cuantitativo es un antecedente, pero cuando estamos en un contexto periodístico narrando la realidad de un país, considerando sus matices y diversidad, los elementos cualitativos son fundamentales. Un artículo del Washington Post, sugería que para recuperarse de lo que calificaba como el “desastre” de las encuestas, había que cruzar esos datos con fuentes adicionales, por ejemplo, el contenido de las redes sociales. Más sencillo aún, es salir del reporteo de escritorio, dejando los zapatos en la calle.

En Chile nos acercamos a una elección presidencial y tenemos la oportunidad de salir a buscar esas historias. De no quedarnos en la dependencia de la encuesta CEP o Cependencia, que en la elección presidencial anterior, condicionó el reporteo y la forma en que fueron tratados los candidatos, según sus resultados: en los debates algunos recibieron preguntas que daban por hecho su derrota.
Ya los medios están levantando precandidatos, que están recibiendo una cobertura mayor, solo porque los números de las encuestas los ampararon. Se les está dando espacio y visibilidad.

Corremos el riesgo de deslegitimar a los que no están en los sondeos, y si no vemos cuál es el rango de acción real de todos los candidatos, quiénes son sus seguidores, qué buscan y en qué creen, podemos terminar subestimando el potencial de algunos y perder de vista el país que estamos retratando.

Para que no nos siga maltratando la posverdad, sugiero retornar a un objetivo tan esencial como desafiante, salgamos a reportear intentando acercarnos lo más posible a la verdad.

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Como niños

Versión original y extendida de la columna publicada el viernes 2 de septiembre de 2016 en el diario La Segunda de Chile.

Ilustración bajo licencia Creative Commons: https://www.flickr.com/photos/donkeyhotey/24854169213

«Si los niños ven a un personaje que tiene un discurso discriminatorio contra las minorías y que los hace a ellos sentirse vulnerables, rompe con las expectativas de lo que se requiere de un futuro gobernante. Por qué, por ejemplo, un niño soñaría con ser presidente, si uno de los caminos posibles es ser como Trump».

Por Enrique Núñez Mussa, Profesor Facultad de Comunicaciones UC

Un diario chileno replicaba un artículo de La Nación de Argentina que se cuestionaba cómo explicarle Donald Trump a los niños y reproducía las preguntas que hijos estadounidenses de familias latinas le hacían a sus padres. Tan lógicas que estremecían. Reflejaban el temor a dejar su país y tener que cuestionarse cosas que nunca se habían planteado. Un primer acercamiento a que la realidad que daban por segura no era tal.

Los niños son una audiencia difícil, porque exigen respuestas racionales que exponen las contradicciones de la situación política sin matices. La nominación del candidato del Partido Republicano, obliga a los padres como narradores a darle sentido a ese relato, lo que resulta conflictivo, porque significa reconocer la fragilidad de los símbolos políticos que dan cuenta de la salud de una democracia.

Se ha estudiado en Estados Unidos que el rol de Presidente de la República tiene un liderazgo simbólico, es una figura ejemplar en quién los votantes depositan expectativas sobre su carácter y conducta moral, que dan cuenta de su capacidad para dirigir la nación. Un estudio clásico arrojó que los electores buscan en un presidente que sea la combinación entre un héroe y un amigo.

En un país con una democracia sana, que cuenta con legitimidad, es decir cuyos miembros consideran que es el sistema adecuado de gobierno para ellos y por ende actúan acorde a sus procesos, un candidato que llega a la última instancia de la elección, se espera tenga los méritos para ostentar el liderazgo simbólico que exige el rol.

Si los niños ven a un personaje que tiene un discurso discriminatorio contra las minorías y que los hace a ellos sentirse vulnerables, rompe con las expectativas de lo que se requiere de un futuro gobernante. ¿Por qué, por ejemplo, un niño soñaría con ser presidente, si uno de los caminos posibles es ser como Trump?

El candidato exige a los padres explicar el sistema democrático con sus méritos, pero también reconocer en esa explicación sus falencias. Como las historias son la mejor herramienta que tiene el ser humano para explicar y entender un conflicto, los padres deben convertirse en narradores y usar metáforas que ayuden a simplificar la situación.

Ese ejercicio demuestra que los niños acentúan el sinsentido que ha significado el personaje para todos los públicos. Los adultos nos hemos encontrado buscando la misma explicación en la prensa. En esta elección, más que nunca, el periodismo ha tenido que dotar de sentido a la realidad a través de sus narraciones.

Los periodistas han usado las mismas estrategias que un padre o una madre con sus hijos. Sobre todo, desde que Trump alcanzó la nominación, la prensa ha tenido que desarrollar historias cuyo objetivo es dar cuenta de que este candidato es una anomalía dentro del sistema democrático. De esa forma, por ejemplo, se le ha comparado con un virus que enferma a un cuerpo saludable.

Estados Unidos es un país que ha logrado hacer sentido de su diversidad étnica y racial a través de las historias. En lo que queda de elección, es el momento de que la prensa trabaje con el recurso de mostrar antes que contar, para contrastar el discurso de Trump y presentar las realidades pendientes como la integración de los latinos y de los árabes, y su sentimiento hacia el país.

Es también la oportunidad de ayudar a los padres a explicarles a los hijos quién es Trump, más allá de lo inmediato, cuestionándose por qué quiere ser presidente. De qué manera se relaciona este hombre con el poder; y mostrarle a los niños que pese a que la democracia puede tener falencias, también les da a los ciudadanos la oportunidad de ser los héroes de la historia, porque con el acto de asistir a las urnas a votar, se puede vencer el virus.

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Trump: la prensa, la narrativa y lo que queda por contar

Publicado en El Mostrador el 29 de Julio de 2016. 

Por Enrique Núñez Mussa, Facultad de Comunicaciones UC

En una elección democrática, los candidatos, periodistas y electores, entran en un triángulo de agendas en competencia y, por ende, de narraciones que intentan dominarse entre sí. Varios estudios empíricos han advertido que en periodo de elecciones los votantes perciben el mensaje de los candidatos con atención selectiva según sus afinidades, afiliación y prejuicios.

Por lo tanto, los electores suelen ser menos críticos respecto al discurso de “su” candidato, ven con facilidad sus virtudes y detectan defectos en el rival. En el caso de los votantes indecisos, su llegada al candidato tiende a ser por el que sienten más afinidad desde el carisma, para aproximarse luego a sus ideas. En ambos procesos, usando conceptos de Aristóteles, el pathos, la reacción emocional al discurso, y el ethos, que da cuenta de la credibilidad del narrador por su carácter, anteceden al logos, que implica la ponderación lógica de los argumentos.

Es una situación a la que se puede aplicar el paradigma narrativo del profesor Walter Fisher, que indica que los seres humanos procesamos la información a través de historias y que los individuos adoptarán la narración que tenga una coherencia interna que se ajuste de mejor forma a sus creencias previas. Las historias están estructuradas para generar un efecto en las emociones del receptor. En ese escenario, uno de los factores que ha influido para que Donald Trump logre la nominación como candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos, fue que utilizó una herramienta narrativa para apelar a los electores.

Su relato hace una interpretación oportunista de hechos como la masacre de Orlando, para, desde la amenaza aparente, construirse como un héroe de carácter firme que defenderá al país. Es un discurso que intenta evidenciar una nación de cristal, llena de amenazas, que requiere ser fuerte nuevamente. Para hacerlo se apoya con imágenes que representan su aparente poderío y capacidad, como la de un gran muro para separar a Estados Unidos de los inmigrantes, cuya única frontera pertinente es la de lo mítico y la megalomanía.

El escritor Carmine Gallo, en el libro The storyteller’s secret, explica que uno de los mecanismos efectivos para generar empatía al construir un relato, es identificar a un antagonista que se opone al avance o que amenaza la estabilidad del protagonista. Ese antagonismo conduce a que personajes disimiles puedan unirse en función de protegerse de la amenaza. Esa estructura dramática clásica, provoca incertidumbre y el deseo de mantener las cosas como están o de recuperarlas. Las sociedades experimentan esas incertidumbres cuando se enfrentan a crisis, por ejemplo, un ataque terrorista cuyo objetivo comunicacional es producir ese efecto.

Trump, en el discurso tras su nominación por el Partido Republicano, intentó aunar voluntades de votantes duros e indecisos inventando una crisis de seguridad y atribuyéndosela a un enemigo común. Qué más fácil que convertir en antagonistas a quienes no tienen el acceso a los medios ni la influencia para contar su propia historia: las minorías.

Convirtió a la inmigración en una figura abstracta y lo suficientemente amplia, para que los electores le den la forma que deseen en sus cabezas, cargada por prejuicios ignorantes, que suscitan una cadena de malos entendidos, que enturbian y contaminan la realidad. Transformando a quienes buscan refugio en sinónimo de terrorismo o en una bestia de película de acción que desintegrará el orden, para atentar contra la peligrosamente invocada seguridad nacional.

Esa es la estructura dramática que subyace a la teoría realista, que ve al hombre desde una perspectiva hobbesiana, y que desconfía de las instituciones y los acuerdos para mantener la seguridad del Estado ante una situación de alerta permanente. Acá gana el que se defiende mejor, sin respetar la filosofía de los tratados, la confianza en los organismos establecidos y el diálogo, que sostiene la teoría liberal, y que fue fundamental para mantener el equilibrio entre naciones durante la segunda mitad del siglo XX. La misma visión que el candidato Trump tiene para sustentar sus ideas de política exterior y que ha ejercido al interior de su partido para conseguir la nominación.

Él se aprovechó del proceso de personalización de la política, utilizando sus años de exposición mediática para imponer su carisma y carácter, infiltrándose en la estructura de partidos como un virus que la descompone. Trump deja a un lado los ideales que fundaron el Partido Republicano y, en su lugar, se aprovecha de las divisiones dentro de la colectividad para avanzar.

Fue un narrador capaz de identificar los prejuicios de un sector de su electorado para construir a partir de ahí un relato. Una historia con coherencia interna, pese a no tener consonancia con lo que ocurre al exterior de los márgenes de su discurso. Es el miedo en respuesta a la amenaza, lo que puede llevar a los menos críticos de sus electores a asimilar las correlaciones espurias de Trump para mantener a salvo al país, y es una lealtad emocional al partido, la que puede llevar a los republicanos detractores a apoyarlo.

Una idea que puede servir para entender la preponderancia de este vínculo entre emocionalidad y razón durante la campaña, está en los nuevos hábitos para consumir contenidos. Las redes sociales se han vuelto un canal de distribución en que el usuario interactúa con la información desde el pathos. El usuario no solo comparte y comenta los contenidos de política, sino que en una plataforma como Facebook indica también si le gustan, le encantan, lo divierten o lo enfadan, entre otras reacciones que fueron añadidas este año; mientras en Twitter, la estrella que permitía marcar un mensaje como favorito, se convirtió en un corazón.

Trump, que fue presentado como un personaje de comedia por la visionaria y desaparecida revista de sátira política Spy a fines de los 80, que lo calificó como un vulgar de dedos cortos, entendió en las primeras etapas de la campaña que podía aprovechar la emocionalidad a su favor, a través de la provocación, para posicionarse en la agenda periodística. Los medios se fueron paulatinamente dando cuenta de un avance que parecía delirante, hasta que a la revista Time no le quedó otra que anunciar que habría que lidiar con él, con el titular: “Deal with it”.

Desde la perspectiva de un periodismo público, en el que la prensa es entendida como un actor importante para dotar de sentido a la realidad y fiscalizar al poder para mantener una democracia sana, su rol puede ser fundamental en los últimos meses de campaña, los más influyentes para el electorado. Si bien la prensa no es la única responsable, ya que es solo un actor más, puede aún asimilar la emocionalidad en la cobertura de la campaña y encauzarla para que los electores puedan entender las consecuencias de su decisión al votar.

John J. Pauly, en un ensayo en el libro The idea of public journalism, publicado en 1999, distinguía con preocupación tres corrientes paralelas: un periodismo basado en los datos, otro en la narrativa y un tercero centrado en generar conversación pública. Su llamado era que debían integrarse, que los lectores hacían sentido de la realidad desde las narraciones y que era necesario que el periodismo más duro, centrado en datos, aprendiera de los contadores de historia y sus habilidades para construir estructuras dramáticas.

Ese llamado puede aportar en esta última etapa para desvanecer los temores infundados. Además de revisar las imprecisiones y errores en el discurso del candidato, y de revisar su historial de momentos ligados al entretenimiento, es momento de que las pautas se concentren en presentar las consecuencias de un posible gobierno de Trump, combinando los datos duros disponibles, con la proyección que permite la narrativa y el posterior efecto que puede tener en la conversación pública.

Emoción y razón pueden trabajarse en conjunto, para derrumbar la muralla que Trump construyó en la mente de los electores. Los periodistas como contadores de historias pueden aún guiar el relato y utilizar sus herramientas fiscalizadoras para aportar a que se detenga un descalabro en ascenso y aportar a que regrese el sentido común. La historia que cuenten, puede terminar cambiándola.